La Revolución industrial

Cuando los historiadores comenzaron a estudiar el proceso industrializador se calificó a éste como “Revolución industrial”, al considerarse que se había producido de una forma rápida. En la actualidad se ha observado que, en realidad, el proceso industrializador comenzó a principios del S. XVIII, con una fase protoindustrial en la que existen nuevas formas de producción pero sin un avance propiamente técnico.

La industrialización comenzó en Inglaterra a comienzos del siglo XVIII y se extenderá, posteriormente, por Europa, teniendo distintas etapas. En este caso se tratará la primera revolución industrial, la cual llega hasta 1850 en el caso inglés, y 1870 para el resto de Europa, ya que comenzó posteriormente.

 

 

DEMOGRAFÍA Y TRANSFORMACIÓN AGRARIA

La revolución industrial comenzó, tal y como se adelantaba, en un lugar concreto: Inglaterra. ¿Por qué Inglaterra y no otro lugar? En un primer lugar se ha alegado el aumento de la población que pasó de tener 5,8 millones en 1700 a 40 millones en 1900. Ello propiciaba un aumento de la demanda, para lo que había que aumentar la producción mediante nuevas formulas. Sin embargo, en prácticamente toda Europa se había producido este hecho: la población europea creció de 187 millones en 1800 a 400 al finalizar el S. XIX, sin que ello se tradujera en el inicio de una revolución industrial propia. Es evidente que el aumento de la población, en el caso inglés, era necesario para que existiera una mayor demanda que justificara la innovación, pero no la única causa.

Pero este aumento generalizado de la población también se autoalimentó de la propia industrialización. Por una parte, el aumento poblacional, sobre todo a partir de la segunda mitad del S. XVIII, se produjo gracias a una reducción del número de epidemias que habían azotado en los siglos anteriores a Europa, y que habían impedido un aumento progresivo de la población. Por lo tanto, se produjo una reducción de la mortalidad, especialmente la infantil, y de igual modo un crecimiento de la natalidad.

Por otra parte, también contribuyó en este crecimiento la mejora de las condiciones de vida, que vino dada por la propia industrialización, el crecimiento de los salarios, así como una reducción de las crisis de hambre producida por las malas cosechas. Y de hecho, este crecimiento no podría haber sucedido sin una transformación agraria que permitiera unas cosechas que alimentaran a una población creciente. Se produjo, así, lo que también se ha conocido como “Revolución agrícola”, que permitió, por otra parte, una mejora de la alimentación, y por tanto del crecimiento demográfico.

Los cambios en la agricultura se comenzaron a notar en la segunda mitad del S. XVIII en Inglaterra –aunque también se produjeron en otras zonas de Europa con menor intensidad–. En primer lugar, se comenzaron a roturar nuevas tierras, se mejoraron los arados, se realizaron nuevos regadíos, drenaje de zonas pantanosas, y se produjo una reestructuración y cercamiento de las tierras. Todo eso supuso un aumento cuantitativo pero también cualitativo, ya que se consiguió mejorar la calidad de la tierra gracias a abonos naturales, y con ello el aumento de la producción por unidad de tierra cultivada.

En segundo lugar, se introdujeron nuevas técnicas de cultivo, así como nuevas especies. Se sustituyó el barbecho por cultivos rotativos –se cultivan productos que no gastan la tierra, de tal forma que siempre se obtenían rendimientos–. Se incorporaron nuevas plantas como la patata, maíz, tabaco, etc. que tienen la ventaja de que no requieren de tierra de gran calidad. Pero además, la propia Revolución agrícola beberá también de la industrialización, puesto que los nuevos ingenios permitirán mecanizar el campo con el surgimiento de arados y trilladores que funcionaban con vapor, aunque ello será mucho más delante al momento en que estamos tratando, y que para muchos contribuyó al crecimiento de la industria siderúrgica, ante la demanda de hierro para la construcción de la maquinaria agrícola.

En cuanto a las transformaciónes de la propiedad, ésta solo se dio en Inglaterra y no en el continente –cambios que llegaran más tarde y con menos intensidad–. A principios del S. XVIII era normal el open field, usando la terminología inglesa, que en español sería algo así como tierras comunales. Se trataba de tierras trabajadas por los habitantes de una localidad, y tras la recogida de la cosecha, estas se utilizaban normalmente para el pasto de los animales.

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Pero las nuevas técnicas de cultivo no se darán en estos tipos de propiedad, sino en las tierras privadas de los grandes propietarios, que observaran que la tierra es un buen negocio en el que invertir. Estos tendieron a la concentración de sus propiedades, y al cercamiento de éstas, que contó con el beneplácito del Parlamento, representado por los grandes terratenientes, que dictó las llamadas Leyes de Cercamiento o Enclosure Acts. Fue algo que afectó a los pequeños campesinos que no pudieron competir con las producciones de éstos –que aumentaron su producción–, y que acabaron vendiendo sus tierras a los grandes propietarios, sobre todo cuando la amplia producción de cereal redujo su precio a la mitad, y por tanto, solo los grandes propietarios podían sobrevivir. El resto permanecieron como jornaleros en estas grandes extensiones, o emigraron a la ciudad, en donde se transformaron en obreros de las nacientes industrias –algo que se convirtió en habitual–. Además las tierras comunales acabaron, del mismo modo, por ser desamortizadas y vendidas.

 

LA FORMACIÓN DEL CAPITAL MERCANTIL Y EL COMERCIO INTERNACIONAL

La “revolución agrícola” creó lo que se podían considerar auténticas empresas que explotaban la tierra, en una Inglaterra que tornaba en una mentalidad empresarial. Las ganancias de la tierra fueron invertidas en la mejora y aumento de la producción, y con ello un crecimiento mayor de los beneficios, que financiarán, de esta forma, nuevos negocios que requerían de un amplio capital. Sin éste, difícilmente se podría haber logrado la industrialización. Y sobre todo, esa mentalidad empresarial que se dio por parte, también, de la nobleza inglesa que lo consideraba honroso, mientras que en otros lugares, como en España, la nobleza y también la burguesía, prefirieron mantenerse como rentistas, lo que retrasaría la industrialización.

Pero volviendo al capital inglés, éste se vio beneficiado por la creación del Banco de Inglaterra, en un Estado como el británico que tenía un sistema político mucho más propicio y flexible para las innovaciones de todo tipo. La monarquía inglesa era distinta a las europeas de la Edad Moderna. Tenía un menor grado de absolutismo desde el S. XIII. La Carta Magna de 1215 delimitaba el poder del rey, y las consultas que el rey hacía a los comunes y a los varones se fueron haciendo habituales. Progresivamente el Parlamento se fue convirtiendo en la verdadera cámara de gobierno, la cual, en el siglo XVIII, se hizo con el control de las finanzas, realizándose leyes que se iban adaptando a los tiempos y las necesidades.

Los nuevos territorios estratégicos que Inglaterra había adquirido en el siglo anterior –y que le llevaran más adelante a formar su imperio colonial– permitió también el nacimiento de un floreciente comercio cuyo capital se invirtió en la tierra y luego en la industria. A la vez que proporcionó la venta de los excedentes agrarios en el exterior, así como la obtención de materias primas que serán manufacturaras en las futuras industrias inglesas, y con ello la consiguiente venta de los productos, en un comienzo tejidos textiles –lana al principio, y luego de algodón–.

En general, se puede decir que Inglaterra vendía sus productos fuera de Europa, especialmente en las zonas de su influencia como África, de donde se obtenían esclavos, marfil y oro. Los esclavos eran llevados a las entonces trece colonias –los futuros Estados Unidos– así como a otros lugares americanos, de donde se obtenía materias primas como tabaco y más adelante algodón, que son llevados a Inglaterra. Mientras que el oro y el marfil solían ser usados para la obtención de productos de lujo, como la seda, en Oriente. Mientras que en Europa se compraba especialmente vino. Existía, por tanto, un equilibrio entre exportaciones e importaciones.

Gran Bretaña poseía el mercado más extenso e integrado, en lo que contribuía su propia geografía al no haber ciudades muy separadas del mar. Pero sobre todo lo importante fue un mercado interior sin barreras, a diferencia de lo que sucedía en Europa, en donde no solo existían multitud de Estados y sus fronteras, en las cuales había que pagar los correspondientes impuestos, sino que dentro de esos Estados existían multitud de fronteras correspondientes a los señoríos de origen feudal, que continuaban manteniendo privilegios jurisdiccionales y que cobraban, de igual modo, por el paso de mercancías, lo que hacía imposible un mercado a gran escala.

 

LA PROTOINDUNSTRIALIZACIÓN: la demanda textil de lana

Rescatando esa pregunta que nos hacíamos al principio, de por qué Inglaterra fue la primera en industrializarse, ello es porque se dio además de la revolución agraria y el auge de la demografía –como había sucedido en otros países–, otros hechos como una mentalidad empresarial, un capital que era reinvertido constantemente, unas leyes que propiciaban la innovación, un mercado interior y un mercado internacional en donde establecer sus productos y conseguir materias primas, así como dos elementos necesarios para la innovación técnica de la que hablaremos después: carbón y recursos hídricos que permitirán mover las nuevas máquinas, ya sea mediante la máquina de vapor, o por medio de la fuerza hidráulica.

Aunque previa a todas esas innovaciones técnicas, existió un proceso conocido como protoindustrialización, y que estuvo protagonizado –al igual que la industrialización en sus comienzos– por la demanda textil. Recordemos que existía una población cada vez mayor, la cual demandaba tejidos. Sin embargo, los centros manufactureros de las ciudades no lograban satisfacer esta demanda. Los comerciantes, principalmente, buscaron la forma de aumentar la producción, que se tradujo en el aumento de la mano de obra destinada a la elaboración de tejidos en una forma tradicional de producción, sin que existiera una innovación técnica.

El aumento de esa mano de obra se logró mediante la invención de una nueva fórmula conocida como trabajo a domicilio –puting out system, según la terminología inglesa–. Este consistía en que una serie de comerciantes, aprovechando la mano de obra rural –especialmente cuando no existían trabajos agrarios que ocuparan todo el tiempo del campesino–, repartían materias primas entre las familias campesinas, y con sus propios medios de producción, es decir, telares propios, realizaban los tejidos, que después eran recogidos por los mismos comerciantes, quienes los vendían posteriormente en los mercados. Las ventajas del sistema eran muchas. En primer lugar, se aprovechaba una amplia mano de obra, cuyo coste de producción era menor, de tal modo que beneficiaba al comerciante al obtener textiles más baratos, pero también al campesinado que veía aumentar sus ingresos, que hasta entonces solo provenían de la tierra, aunque es cierto que anteriormente se había dado el llamado domestic system, en donde los campesinos, aprovisionándose ellos mismos de las materias primas, producían los textiles que luego los vendían ellos mismos a los comerciantes.

Este sistema, el putting out sistem, fue evolucionando. Comerciantes, y algunas familias campesinas con esos ingresos, se hicieron con un mayor número de telares, de tal forma que podían contratar a personas ajenas a la propia familia. Surgía así el llamado factory siystem. Ello hizo aumentar la producción. Poco a poco, zonas que hasta entonces tan solo eran agrícolas comenzaron a tener una naciente industria de producción textil. Y esto solo se dio en Inglaterra, puesto que en el resto de Europa no sucedió.

Sea como sea, lo que se ve es que aquello que se interpretó como una revolución industrial, que rompía con el pasado, no lo era tanto, sino una evolución lenta y progresiva.

 

REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA: los tejidos de algodón

Como se ha visto la producción textil de lana, gracias al domestic system, creció a lo largo del siglo XVIII. Sin embargo, la verdadera protagonista de la revolución tecnológica será el sector del algodón. ¿Por qué éste? Por una parte es curioso que fuera el sector del algodón quien protagonizara este proceso, puesto que no existía una verdadera industria algodonera, mientras que los tejidos de lana habían experimentado un auge en su producción. El hilo de algodón, demasiado débil, era utilizado tan solo para las tramas de otros tejidos. Y la producción de tejidos de algodón tampoco podía competir con la calidad de los que se realizaban en la India. Pero este tipo de tejidos, que se convirtió en una especie de objeto de lujo, comenzó a ser traído desde el país hindú. La industria lanera, por su parte, comenzó a tener miedo de estos tipos de tejidos, con los que difícilmente podían competir, así que consiguieron que el Parlamento prohibiera la importación de tejidos de algodón.

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Pero lo que surgió como una prohibición, se convirtió en la causa que propició que el algodón se convirtiera en el tejido principal. Si no se podían importar, habría que producirlos en la propia Inglaterra, algo que no estaba prohibido. Hacia 1720 la producción de tejidos de algodón, que imitaban a los hindúes, experimento un amplio auge, dejando al tejido de lana a un lado. Toda la población, ricos y pobres, querían vestir con estos tejidos. Ello permitió, además, la intensificación del comercio con América, de donde provenía el algodón, así como la posibilidad de la exportación de los tejidos de algodón en áreas mucho más cálidas del planeta, en donde los tejidos de lana no eran tan apropiados como los primeros.

Ahora bien, ¿por qué la innovación técnica? La amplia demanda de tejidos de algodón hizo que en 1733 John Kay inventara un nuevo telar, la lanzadera volante, que permitía crear paños de mayor calidad, de mayor anchura –hasta entonces la anchura era la misma que distancia entre los dos brazos del tejedor–, y lo que era más importante, en menor tiempo.

Pero pronto se produjo un desequilibrio entre la producción de los tejidos y la producción del hilo de algodón. Las lanzaderas volantes producían más tejidos que el hilo necesario para continuar los ritmos de producción, así que, a partir de 1760, se empezaron a convocar concursos para que se presentan máquinas de hilado que produjeran mucho más hilo en menos tiempo. En 1765, Jame Hargreaves presentó, a uno de estos concursos, la spinning jenny, una maquina de hilar bastante sencilla, que reemplazó a la antigua rueca, y aunque manual, por primera vez el hilo se producía sin la necesidad de los dedos de un hilador, y producía seis veces más que antiguamente un trabajador con rueca.

Sin embargo, esta máquina ya empezó a provocar que muchos trabajadores recelara de ella al considerar que quitaba trabajo –era el inicio del

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ludismo–. En 1767, unos obreros de Blackburn destruyeron unas cuantas máquinas a Hargreaves que tenía preparadas para su venta. Ello no fue freno alguno, y la jenny pronto se convirtió en un elemento habitual para el hilado, sobre todo de algodón. Y en 1778, Arkwright dio un paso más al crear la water frame, otra máquina de hilado que hacía un hilo mucho más fino, y lo que era más importante, usaba las corrientes de agua de los ríos para su funcionamiento. Y en 1779, Edmund Crompton inventó la mule, una máquina de amplio tamaño, que producía una cantidad de hilo superior.

Pero la invención de estas máquinas hiladoras produjo un nuevo desequilibrio. Se producía demasiado hilo y los telares de lanzadera volante no podían producir en la misma cantidad. Se creó así el telar mecánico inventado por Cartwright en 1785. A partir de entonces, se innovaron nuevos telares, de grandes dimensiones, movidos, ahora si, por la máquina de vapor patentada por James Watt –cuyos primeros prototipos se habían diseñado en los años anteriores, aunque su implantación fue lenta–.

 

LA SIDERURGIA: el ferrocarril

La invención de esas máquinas destinadas a la industria textil, así como la nueva maquinaria agraria, y el uso de de la máquina de vapor, conllevó una amplia demanda de hierro, y por tanto fue la clave del nacimiento de la industria siderúrgica.

Pero este tipo de industria surgió de una forma distinta a la textil. En primer lugar, apareció como una industria organizada de forma capitalista –a partir de estos momentos surgieron las sociedades de capital–. Necesitaba de grandes instalaciones a diferencia de la textil, que había aprovechado los antiguos talleres de manufacturación –pese a que poco a poco fueron surgiendo verdaderas fábricas textiles de grandes dimensiones–. Y en segundo lugar, la demanda de la industria siderúrgica nació para servir a la demanda de hierro de la industria textil y agraria, y por tanto sujeta a sus ritmos.

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La tradicional siderurgia ya estaba en crisis a mitad del S. XVIII, y desde luego no podía hacer frente ante la gran demanda de hierro que requería el proceso industrializador. Era una siderurgia que estaba usando carbón vegetal, el cual ya escaseaba, y no tenía la suficiente energía como para la producción de hierro a gran escala. Por tanto, hubo que renovar los sistemas de producción.

Primeramente se sustituyó la fuente de energía: el carbón vegetal por la hulla, recurso, éste último, abundante en Gran Bretaña –y que puso en auge la minería–. Además, a partir de 1790 se instalaron grandes fuelles que permitían la combustión de este tipo de carbón, aunque para el movimiento de estos fue necesaria la energía hídrica, y por tanto, la necesidad de que estuvieran cercanos a las corrientes de agua. Y más adelante, se usaría la máquina de vapor para insuflar aire.

Pero además de ello, el otro problema es que el hierro inglés es de baja calidad, con muchas impurezas, las cuales solo podían ser quitadas a base de martilleo, algo imposible ante la gran cantidad de hierro que se debía producir. De esta forma, Henry Cort inventó la pundelación, técnica que permitía obtener un hierro de gran calidad.

Lo que fue un gran empujón para la industria siderúrgica fue sin duda el ferrocarril, que demandaba amplias cantidades de hierro. Y a partir de entonces, el hierro se utilizará para todo tipo de artilugios, así como la construcción arquitectónica. El hierro revolucionó la arquitectura.

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Pero volviendo al ferrocarril, si este impulsó la industria siderúrgica, el ferrocarril fue producto de la propia industrialización y el comercio. Era necesaria la distribución de la producción por todo el territorio, tanto en Inglaterra como en el resto del continente europeo. Entre 1835 y 1900, el ferrocarril se extendió a lo largo y ancho del mundo, aunque ya a partir de 1814, cuando lo inventó Stephenson, se empezó a utilizar para el transporte de la hulla en las zonas mineras. La primera línea fue extendida entre Liverpool y Manchester en 1829. Y la empresa del ferrocarril se convirtió en uno de los sectores más seguros donde invertir, no solo para el transporte de las mercancías, sino de personas, por su velocidad.

Y no solo el ferrocarril fue una revolución, el transporte marítimo experimento un nuevo desarrollo, especialmente necesario para el comercio inglés de ultramar. Aparecieron, así, los nuevos barcos de vapor, y de gran tonelaje, que realizaban largas distancias en pocos días. Y con ello, el auge de los astilleros.

 

LA EXPANSIÓN DE LA INDUSTRIALIZA

La floreciente industria inglesa pronto se trasladó al continente, pese a los intentos ingleses para mantener las innovaciones en la isla. Pero tras las guerras napoleónicas, los Estados europeos, que rivalizaban entre ellos, comenzaron a impulsar sus propias industrias. En este caso fueron los propios Estados, y no la iniciativa privada, quienes promovieron la industrialización, potenciando el papel de la banca, para conseguir el ingente capital necesario para poner en marcha iniciativas empresariales.

Aunque no toda Europa se desarrollo uniformemente. Bélgica, Francia y Alemania estuvieron a la cabeza de la industrialización, especialmente aquellas zonas en donde ya existía una tradición manufacturera y comercial. Otros países como Austria, Rusia, España e Italia comenzaron la industrialización de una forma tardía.

Sea como sea, la industrialización era ya imparable, y a partir de la década de 1850 en Inglaterra y 1870 en el resto del continente, se producirá una segunda etapa en la industrialización con nuevas tecnologías e industrias.

 

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