El periodo de entreguerras: la Gran Depresión

A lo largo de los años veinte, todos los Estados europeos tuvieron problemas económicos, aunque con una situación desigual. En general, la mayoría consiguieron recuperar el vigor anterior a 1914 hacia mediados de la década, pese a que los países del Este eran los más perjudicados. En cualquier caso, la recuperación escondía graves carencias que se empezaron a notar a partir de 1928 y que se agravaron cuando en Estados Unidos se produjo la quiebra de la bolsa de Nueva York en octubre de 1929. Se abrió entonces un nuevo periodo, la Gran Depresión, del que se comenzará a salir a mediados de la década de los treinta –lentamente y no igual en todos los países–, pero que se convirtió en una de las principales causas para que en 1939 se iniciara la Segunda Guerra Mundial. La crisis, junto con las consecuencias sociales, provocaron también crisis políticas que hundieron a la mayoría de las democracias, a excepción de Estados Unidos, Francia e Inglaterra –no libres de problemas políticos–, puesto que estas fueron incapaces de buscar soluciones, que sí eran dadas por los fascismos.

 

Antes del crac, las causas de las crisis

Las causas de la Gran Depresión que azotó el mundo en la década de los treinta son muy diversas. De hecho, no se puede ni siquiera considerar que las causas fueran iguales en cada uno de los países. En todo caso, la Gran Depresión europea y la estadounidense fueron, en cierta medida, diferentes, aunque esta última intervino irremediablemente en el empeoramiento de toda una serie de problemas que Europa venía arrastrando desde el final de la Gran Guerra.

En Estados Unidos fue la bolsa, Wall Street, la que inició el declive de la economía americana o, mejor dicho, la que puso de manifiesto una serie de desajustes. Desde más o menos 1925, Estados Unidos experimentó una particular fiebre del oro: invertir en bolsa. Era un negocio aparentemente sencillo y rentable al que se arriesgaron personas de toda condición social. Desde que acabó la Gran Guerra, la bolsa comenzó a subir y, a partir de 1925, se manifestó un incesante auge. Las cifras hablan por sí mismas: al comenzar 1925 el valor total de las acciones de la bolsa de Nueva York era de 27 millones de dólares, en cuatro años el valor de estas mismas era de 67 millones. Cualquiera podría creer que esto se debía al buen funcionamiento de las empresas que cotizaban, pero en realidad esto no dependía del éxito real de las mismas, sino más bien de la propia ley de la oferta y la demanda que se producía en la bolsa. Dicho de otra manera, cuanta más gente estaba interesa en comprar títulos bursátiles, más subían estos –la demanda era superior a la oferta–. Cuanto más subían, más eran los que se animaban a invertir. Un círculo vicioso de especulación que, en realidad, no creaba riqueza. Era una auténtica burbuja, un engaño a gran escala en el que todos estaban implicados y en el que el Estado –de acuerdo a las normas del capitalismo– no debía intervenir.

Bancos, empresas y particulares arriesgaron su capital en la bolsa. La mayor parte de los fondos de los bancos estaban invertidos en ella ya fuera de forma directa o por medio de créditos –de bajo interés– que eran concedidos a empresas y particulares, los cuales, a su vez, lo utilizaban para comprar acciones. Aquellos que no eran usados para especular se iban hacia el otro resorte del crecimiento de la economía: el consumismo. De esta forma, cualquiera podía adquirir objetos de lujo, como un vehículo, gracias a los créditos. Aquí encontramos otra paradoja. Al igual que la bolsa ascendía artificialmente, muchas de las grandes industrias, como la del automóvil –que además estiraba de otras tantas–, estaban realizando sus ventas y, por tanto, su gran expansión gracias al crédito que se otorgaba a los particulares. De nuevo no se estaba creando riqueza, puesto que se estaba comprando con un dinero que todavía no existía y que al mismo tiempo no era una inversión destinada a la creación de riqueza.

No era de extrañar que, un año antes del gran descalabro, el presidente Hoover, convencido como otros muchos de que la economía americana iba viento en popa, afirmó: “Con la ayuda de Dios, pronto veremos el día en que la pobreza habrá sido desterrada de nuestro país”. Parecía que la buena situación economía sería para siempre.

Dejemos momentáneamente a un lado Estados Unidos para observar lo que se cocía en los fogones europeos. En el viejo continente, las principales potencias como Francia, Gran Bretaña y Alemania habían logrado retomar el vigor económico. Incluso los países del Este –algunos ya con regímenes alejados de la democracia– se habían recuperado hacia 1925, aunque debemos ser cautos y no podemos generalizar. Pero esta prosperidad europea era en realidad una auténtica herida mal curada: bajo la costra se encontraba una verdadera infección, a veces sangrante.

El paro europeo, uno de los principales exponentes de la situación de un país, era demasiado alto, incluso en Gran Bretaña. Muchas empresas europeas eran poco competitivas, en especial aquellas que provenían de la primera industrialización, como la textil y la siderúrgica, por lo que en el mercado internacional las industrias japonesas y estadounidenses adelantaban a las del viejo continente. También el crédito había experimentado una amplia difusión, al igual que Estados Unidos, así que en cierta medida la recuperación era irreal. Los europeos estaban consumiendo gracias al crédito. Y, pese a todo, a partir de 1928 las producciones se habían reducido claramente, síntoma de que las cosas no iban nada bien.

Anteriormente a 1929, Europa se estaba recuperando en gran parte a la inversión norteamericana y a sus dólares. Por una parte, fueron muchas las empresas norteamericanas las que invirtieron en los países europeos. Alemania, en concreto, se había beneficiado de una “línea de crédito” de dólares americanos según se había fijado en el Plan Dawes. De esta forma, Alemania dejó su futuro a la buena marcha de la economía americana, mientras que el resto de países sucedió algo parecido. Pero, ya en 1928, la inversión norteamericana en Europa empezó a descender. En aquel año la inversión en bolsa se había convertido en el principal negocio, por lo que era mucho más rentable invertir en ella que hacerlo materialmente en otros países. Así, disminuyó el dinero americano que entraba en Europa y, por tanto, en Alemania. De esta forma, y de forma paradójica, los problemas para Europa no comenzaron por la mala marcha de la economía americana; todo lo contrario, fue por el éxito de la misma. No es de extrañar que se realizara el Plan Young en 1928 para rebajar las reparaciones de guerra, puesto que sin dólares, Alemania y el resto de países no podían pagar estas.

A esto debemos sumar dos factores más que contribuyeron tanto a uno y otro lado del Atlántico a la Gran Depresión: la bajada de los precios de los productos primarios y las dificultades del sistema internacional monetario.

Durante los años de la guerra, la producción agraria había descendido, en concreto en Europa, puesto que como es evidente, muchos campos no fueron o no pudieron ser cultivados. El precio de los productos ascendió y en muchas zonas europeas se dejó notar el hambre. Pero a lo largo de los años veinte, principalmente en las primeras potencias, los campos comenzaron a ser modernizados, se introdujo la novedosa maquinaria que producía la industria y se usaron fertilizantes –lo que fue un gran impulsor de la propia producción industrial–. Gracias a ello, la producción aumentó considerablemente, pero con un problema añadido, la amplia oferta de productos hizo que los precios descendieran, de tal forma que los agricultores, pese a haber aumentado sus cosechas, ganaban menos. La cuestión era que estos, que habían solicitado créditos para la modernización de sus campos, eran incapaces de pagarlos, un problema que se agrava cuando más de la mitad de la población, incluido los países más industrializados, se dedicaba a la agricultura –más del 60%–. La situación todavía empeoró más cuando la solución que los agricultores vieron fue aumentar los rendimientos de sus tierras, de tal forma que ayudó a que los precios bajaran todavía más.

En cuanto al sistema internacional monetario, durante los años veinte se observó que existía una inseguridad monetaria. Durante los años de la guerra, los precios de todos los productos aumentaron –pocos productos y gran demanda– y los Estados se endeudaron para mantener el ritmo de la guerra. Lo que hicieron los Gobiernos fue, por tanto, poner en marcha la máquina del dinero, es decir, realizar más moneda que se alejaba del respaldo del patrón oro que hasta entonces había regido el sistema monetario. Esto, por tanto, produjo un fenómeno inflacionista que hasta entonces prácticamente no se había dado, lo que a su vez provocó, de nuevo, el aumento de los precios y la disminución del poder adquisitivo de la población, que no ven incrementado el valor real de sus ganancias. En 1919 las monedas europeas, incluida la libra esterlina que había sido la moneda de referencia, nada tenían que ver ya con el valor del oro. Únicamente el dólar, al no haberse visto Estados Unidos afligido por los desastres de la Gran Guerra, siguió estando referenciada al patrón áureo, de tal forma que se convirtió en la moneda de referencia. Pese a todo, durante los años veinte todos los Estados intentaron volver al equilibrio con el oro de sus depósitos.

 

Caída y soluciones tradicionales

Como ya hemos visto, Europa no se encontraba económicamente bien por mucho que nadie quisiera verlo, pero en 1928 la economía europea entraba en un claro declive, la cual empeoró cuando los Estados Unidos, del que tanto se estaba dependiendo, entraron también en crisis.

La caída de la bolsa neoyorquina en octubre de 1929 todavía sigue en un debate abierto entre los especialista en materia económica. No se pueden entrar en estas breves líneas a repasar cada uno de los acontecimientos que hundieron el sistema financiero y económico estadounidense, más allá de esbozar una serie de hechos.

En marzo de 1929 comenzó a verse los primeros síntomas de que la bolsa no podía subir eternamente. Para aquellas fechas, los rumores de que muchas empresas tenían serios problemas para mantener la producción, que muchos hombres de negocios estaban vendiendo y saliéndose de los negocios bursátiles, y que la Reserva Federal –en reuniones secretas– estaba realizando planes para una posible recesión –es evidente que se sospecha que la burbuja explotaría– llenaron de temor el corazón de los inversores que comenzaron a vender sus acciones entre el 25 y el 26 de marzo, lo que propició un descenso de las cotizaciones. No obstante, Charles Mitchell, presidente del ahora llamado Citibank, realizó una fuerte inversión lo que permitió estabilizar la bolsa. En los días siguientes, el temor se disipó, se pensó que la caída era algo normal en el ascenso y, de hecho, se aprovechó que las acciones habían perdido valor para realizar más compra de estas. Claro está, en los meses siguientes el índice bursátil ascendió más que nunca.

En septiembre de 1929, la bolsa alcanzó uno de sus índices más altos de todo el periodo de bonanza, pero en pocos días el índice bursátil comenzó a descender, el cual solo se mantuvo porque de nuevo, ahora la Banca Morgan, realizó una nueva inyección de dinero. Pero cuando el 23 de octubre la bolsa cayó un 7% de su valor, el pánico se desató y el 24 de octubre, el llamado Jueves Negro, Wall Street experimentó un descenso sin precedentes de las cotizaciones. Una multitud de rumores y el descenso del día anterior habían hecho que todos quisieran vender sus acciones. Había demasiadas peticiones de venta y muy pocas de compra, por consiguiente, las acciones perdieron valor. El pánico se apoderó de todos, especialmente cuando muchos inversores perdieron todo su dinero –y el que no tenían– y decidieron suicidarse. En cualquier caso, la Banca Morgan y otros de los bancos más poderosos del momento decidieron la compra de esas acciones que se estaban vendiendo, lo que frenó la caída en picado. Pero el Lunes Negro y el Martes Negro se volvieron a repetir escenas parecidas. Era imposible que los grandes bancos pudieran mantener la burbuja durante mucho tiempo, hasta que estos deciden poner también a la venta las acciones adquiridas y estas caen estrepitosamente. Hasta 1932, la bolsa siguió en descenso. Cuanto tocó fondo, esta había perdido la mitad de su valor.

Sea como fuere, en los meses siguientes, la crisis bursátil se contagió al resto de sectores que ya venían cargando, muchos de ellos, con serias dificultades. Cuando las acciones se convirtieron en papel mojado, es decir, el precio era inferior al de compra, y recordemos que muchos especuladores lo habían realizado mediante créditos bancarios, estos fueron incapaces de devolver dichos créditos. Además, los bancos habían invertido también amplias cantidades en la bolsa. De esta forma, los bancos –en especial los más pequeños– no podían recuperar sus inversiones ni los créditos –créditos que también habían sido concedidos para la modernización del campo, el cual atravesaba seria dificultades que empeoraron en este momento–. El problema era que sin la posibilidad de recuperar estos, los bancos no poseían liquidez, dicho de otra manera, el dinero no podría ser devuelto a los ahorradores. Ante esto, no fueron pocos los que se agolparon a las puertas de los bancos con la intención de retirar sus ahorros antes de que los bancos quebraran, lo que a su vez provocó el empeoramiento de la situación bancaria. Solo en Estados Unidos, 5.000 bancos echaron el cierre en los años siguientes.

Así, se convirtió en una crisis financiera, en donde los créditos prácticamente se paralizaron, lo que hizo que la industria y el campo no pudieran financiarse. El campo, como ya hemos visto, se encontraba en una mala situación desde mucho antes, pero ahora sin más línea de crédito y una reducción todavía mayor de los precios, fueron incapaces de mantenerse y una gran mayoría perdió sus tierras, lo que rebajó, al mismo tiempo, el consumo que estos realizaban a la industria pesada. Del mismo modo, la industria, incapaz de vender sus stocks y sin acceso a los créditos, comenzó a cerrar y a despedir. Si se había estado vendiendo a base de créditos era evidente que los bancos ya no iban a prestar para el consumo. A esto debemos sumar que muchas empresas, o algunos de sus gestores por cuenta propia, habían invertido capital en la propia bolsa como forma de financiación.

A partir de aquí, un nuevo círculo vicioso comenzó a precipitar la economía hacia el caos. Las empresas cerraban, así que sus empleados se quedaban sin trabajo. El paro aumentó a proporciones nunca vistas y conforme este lo hacía menos era el consumo y, por tanto, más empresas cerraban o despedían.

Ante esta situación, las autoridades gubernamentales actuaron tomando una de las pocas medidas con las que contaba el Estado para inmiscuirse en la economía: “jugar” con el precio del dinero. Efectivamente, la Reserva Federal de Nueva York aumentó los tipos de interés, puesto que se consideraban que Wall Street se habían hundido por el mucho dinero que se había prestado para posteriormente invertirlo en bolsa. En realidad tenían razón, créditos baratos que eran prestados a cualquier persona que acaba siendo invertido en bolsa. La cuestión era que, se debería haber realizado mucho antes. Lo único que consiguió esta medida fue que, junto con la incapacidad de muchos bancos para poder conceder créditos, estos no pudieran ser solicitados por muchas empresas o particulares para reactivar la inversión, puesto que resultaba demasiado caro.

La crisis americana afectó en los meses siguientes a la maltrecha economía europea, y los Gobiernos comenzaron a tomar algunas medidas tradiciones, es decir, la misma que tomaron los Estados Unidos en ese mismo momento: aumentar el precio del dinero. En el caso europeo –concretamente Inglaterra, Francia, Italia y Alemania– se tomó por una cuestión algo distinta a la americana. Al descender la inversión americana en Europa y, especialmente, cuando desde Estados Unidos se comenzaron a retirar capitales –primero para invertir y luego para sobrevivir–, los Gobiernos europeos intentaron que estos permanecieran subiendo también los tipos de interés y, por tanto, aumentó el cambio de sus monedas con respecto al dólar. Esta medida debía provocar que, al cambio, los inversores americanos obtuvieran menos dólares que los que invirtieron en su momento.

De nuevo impidió el acceso a los créditos tanto para los ciudadanos empresas y los países del Este. Si antes estos últimos se habían financiado con deuda americana, ahora conseguir dinero en Londres o en París era demasiado caro. Esto ocasionó, claramente, que si la situación de las monedas era ya grave anteriormente, ahora se agravó. Era una política deflacionista que rebajó los precios de los productos agrícolas que ya estaban en declive desde hacía años. El error únicamente se observó cuando la crisis estaba muy avanzada y se corrigió rebajando los tipos de interés con el fin de recuperar la inversión.

Los bancos europeos se resintieron. Empezaron aquellos de los países del Este, así como Austria y Checoslovaquia, que tuvieron que recurrir a Londres, en donde los tipos de interés habían subido y los bancos ingleses tampoco eran capaces de prestar dinero. Así que comenzaron a quebrar. Los peor parados fueron los bancos alemanes. Los ciudadanos, ante el temor, comenzaron a retirar el dinero de los bancos para guardarlos alejados de estas entidades en las que difícilmente se podía confiar, por lo que empeoraba la situación para estos.

Ante las quejas de los campesinos, se iniciaron medidas proteccionistas o en su caso se reafirmaron y se endurecieron estas. La mayor parte de los productos de importación debían pagar fuertes aduanas. De esta forma, en vez de buscar una fórmula internacional, lo que se hizo fue protegerse así mismo y dejar a los vecinos que se arruinaran, que sobreviviera el más fuerte. Los países del Este dedicados al sector primario les era imposible ahora vender sus productos en el exterior.

Gran Bretaña fue una de las más proteccionistas –pese a que en el pasado siempre había defendido el libre comercio– e intentó basarse en su imperio colonial para sobrevivir. Algo parecido hizo Francia con el suyo, y los Estados Unidos con América Central y del Sur.

Claro está, Italia y Alemania no poseían colonias –esta últimas las había perdido tras la guerra–, así que pronto empezaron las quejas y se observó que en la Conferencia de París se había realizado una gran diferencia: los que poseían colonias y las que no. Así que no era de extrañar que Mussolini las deseara y esperara crear una especie de Imperio romano en el Mediterráneo, y Hitler hablara de aquello del espacio vital alemán, es decir, apoderarse de las tierras de la Europa del Este.

En general, se poseyeran o no, lo que se estaba realizando o, en su caso, proponiendo eran grandes bloques comerciales aislados con políticas monetarias propias, lo que dificultaba todavía más la exportación e importación. El comercio mundial se hundió.

La crisis tenía unas proporciones nunca antes vistas y alcanzaba a todos los países. Una auténtica crisis mundial que hubiera requerido de medidas internacionales. En realidad, no se puede decir que los políticos del momento no vieran esta necesidad y, de hecho, hubo intentos, aunque siempre primó la desconfianza en el vecino. Diversas conferencias y negociaciones internacionales intentaron llegar a acuerdos que no vieron la luz, puesto que al final todos preferían las medidas que habían adoptado a nivel nacional. En cualquier caso, las principales potencias europeas, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Países Bajos y Austria manifestaron la necesidad de la cooperación internacional para llegar a acuerdos que evitaran el proteccionismo. De hecho, antes de 1929, en la Conferencia Económica Mundial en Ginebra, se intentó poner coto al proteccionismo en Europa. En 1933, nada menos que 65 países participaron en una segunda Conferencia Económica Mundial que, además de ser un fiasco, enrareció la diplomacia, pues todos se sintieron reacios a que se tomaran medidas contra el proteccionismo y la política monetaria.

Al final, la única ayuda entre países fueron aquellas relacionadas con la deuda. En 1931 el presidente Hoover otorgó una moratoria a Francia y Gran Bretaña para el pago de la deuda, lo que a su vez permitió que Alemania tampoco pagara las reparaciones de guerra aquel año, pero esto no fue, ni mucho menos, un incentivo para mejorar la economía. En 1932, la Conferencia de Lausana eliminó, mediante diversos mecanismos, prácticamente las reparaciones de guerra alemanas –pero al no cancelar Estados Unidos la deuda francesa e inglesa, al final las cosas siguieron prácticamente igual, más allá de demorar los plazos–.

 

Las consecuencias políticas y sociales: Francia e Inglaterra

Lo peor de la crisis es que tenía unas fatales consecuencias para la sociedad. El paro se incrementó al mismo ritmo que la economía caía y, con ello, la incapacidad de parte de la sociedad para sobrevivir de un modo digno. La mendicidad aumentó y los asilos y comedores de caridad se llenaron, a la vez que estos establecimientos se multiplicaban. La diferencia entre ricos y pobres se incrementó y el hambre volvió a azotar a la población, pese a que existía una sobreproducción agraria a bajo coste, pero muchos fueron los que prefirieron quemar sus cosechas. Las zonas rurales, desde luego, fueron las más resentidas en donde miles de agricultores tuvieron que abandonar sus tierras por la imposibilidad de hacer frente a los créditos solicitados durante los años de “bonanza”. No fueron únicamente agricultores y obreros los que se vieron afectados. Gran parte de la clase media se arruinó por unas causas o por otras, al mismo tiempo que observaron que sus ahorros se encontraban en serio peligro y, además, no fueron pocos los que sintieron que la subida de los impuestos estaba recayendo sobre ellos.

¿Qué podían hacer los Gobiernos para frenar todo esto? En realidad poca cosa, puesto que estaban empeñados en mantenerse alejados de los asuntos económicos tal y como se habían estructurado las normas del capitalismo, aunque por otra parte era cierto que durante la Gran Guerra estos habían intervenido en la economía. En cualquier caso, parece que tanto los Gobiernos conservadores como los socialistas pensaron que se trataba de una crisis cíclica típica del capitalismo y que se solucionaría por sí misma gracias a los propios mecanismos del sistema.

De esta forma, los Gobiernos únicamente habían puesta en marchas las ya comentadas soluciones tradicionales: proteccionismo y política monetaria. A esto podemos sumar que Gobiernos como los de Gran Bretaña, Francia y Alemania habían implantado, tras la guerra, políticas sociales como subsidio por desempleo o jubilaciones, que en cierta medida venía a apaciguar el empobrecimiento, pero que a largo plazo no mejoraban la situación. Todo lo contrario, puesto que el mantenimiento de estos implicó que los presupuestos de los Estados se multiplicaran al mismo tiempo que los ingresos disminuían. De esta forma, la lucha entre los Gobiernos socialistas y los conservadores estribó en el mantenimiento o eliminación de los subsidios sociales. Debemos recordar, por otra parte, que buena parte de los presupuestos nacionales, en el caso europeo, estaba destinado a pagar la deuda.

En este contexto, se entiende que las democracias empezaran a deteriorarse. Los Gobiernos de distinto color o de unidad nacional se sucedían, pero ninguno cambiaba la postura tradicional respecto a la crisis. La población se desengañaba hacia estos y, finalmente, en muchos casos prefirieron apoyar a los grupos extremistas que surgieron, los cuales rompían con la democracia, pero al fin y al cabo daban soluciones. Por una parte se encontraban los partidos comunistas, que se encontraban en estrecha relación con Moscú, y que alegaban algo indiscutible: la URSS prácticamente no había notado la crisis del capitalismo. Al otro lado, se encontraba la extrema derecha, el fascismo, que se presentaba como la alternativa a la democracia, pero también en contra del comunismo, el cual desde 1918 asustaba, ante todo, a las clases medias y propietarios en general.

En Gran Bretaña, el Partido Laborista obtuvo ya en mayo de 1929 una mayoría parlamentaria, aunque no absoluta, lo que permitió al laborista MacDonald formar un gobierno que no respondió ante la crisis. De hecho, se mantuvo en la regla de lo que debía hacer un Gobierno ante la crisis: reducir el gasto estatal. Es cierto, por otra parte, que se aprobó una ley en 1931 para que un mayor número de personas accedieran a los subsidios por desempleo, pero no se tomaron otras medidas como la inversión estatal en obras públicas, pese que el ministro de desempleo, Jimmy Thomas, tenía proyectos para reactivar la economía mediante estas –conocidos economistas como Keynes ya lo habían propuesto–. No se llevaron a cabo porque se consideraba un despilfarro. No es de extrañar que el secretario de Thomas, Oswald Mosley, dimitiera de su cargo y fundara el New Party, que se acabó convirtiendo en el British Union of Fascists, el cual bebía claramente de las ideas fascistas tanto de Italia como de, más tarde, Alemania. El Gobierno laborista acabó por caer en 1931, pese a que MacDonals se mantuvo como primer ministro en el Gobierno de unión nacional que se formó desde esa fecha hasta 1935.

Pese a todo, Gran Bretaña tenía una larga vida parlamentaria y la unión de los partidos democráticos permitió que no existiera un constante cambio de gobiernos. La población, en general, no se manifestó contraria al sistema político. Ni la Unión Británica de Fascista por la derecha, ni el Movimiento de Obreros en Paro por la izquierda, los cuales ponían de manifiesta la necesidad de salir de la crisis mediante cauces antidemocráticos y revolucionarios, no contaron con gran apoyo.

También es cierto que en 1931 la crisis tocó fondo en Inglaterra e, incluso, hubo cierta recuperación en el país. Fue básicamente por casualidad. Una vez que la economía comenzó a caer, pocos eran los que confiaban en la libra esterlina, así que comenzaron a cambiarla por el oro que la respaldaba. De esta forma, las reservas del Banco de Inglaterra se agotaron y, finalmente, el Gobierno tuvo que optar por eliminar el patrón oro y devaluar, por consiguiente, la libra. Lo que parecía una tragedia se convirtió en una solución, puesto que los precios subieron y las exportaciones se hicieron más competitivas que el resto de los países que mantenían sus monedas con un valor superior.

Francia fue también uno de los países que se mantuvo fiel al sistema político, haciendo gala de su reciente historia liberal. La situación en el país galo era distinta, puesto que la depresión no afectó hasta 1932, lo que hizo que se la llamara “la isla afortunada”. Sin embargo, la crisis acabó por llegar a todos los sectores económicos y sociales. De esta forma, a partir de entonces el clima político se empezó a enrarecer y los Gobiernos se hicieron inestables en un país en que el arco parlamentario estaba muy dividido entre radicales, radicalsocialistas, sociales, conservadores, nacionalistas y populistas. Las primeras medidas, del entonces Gobierno radical de Ëdouard Herriot fue, claramente, la tradicional, evitar inmiscuirse en los asuntos económicos del país y recortar el gasto público para mantener el presupuesto nacional. En este caso, gran parte del presupuesto era para pagar la deuda que mantenía con Estados Unidos, la cual había sido contraída en tiempos de la Gran Guerra.

El Gobierno radical acabó por caer ante estas medidas y se comenzaron a formar Gobierno de coalición de corta duración. Igual que en Inglaterra, empezaron a aparecer los extremismos: cuatro movimientos fascistas nacionalistas y antisemitas, así como el comunismo. Los primeros gozaron de mayores simpatías entre la población que el segundo, aunque en general tuvieron poca repercusión –al menos no se tradujo en un apoyo electoral–. El comunismo, que tanto asustaba a la extrema derecha, era mucho inferior que los propios partidos fascistas. En cualquier caso, la izquierda democrática acabó por asustare –en concreto por el ascenso del fascismo en Alemania– y acabó formando el Frente Popular en 1936, un Gobierno formado por radicales, socialistas y comunistas, el cual estuvo presidido por Léon Blum. Este gobierno tomó medidas económicas que fueron bien recibidas por los obreros franceses y permitieron cierta recuperación. Entre ellas, algo que ya se había experimentado en Inglaterra y Estados Unidos, la devaluación del franco y la eliminación del patrón oro. Pese a todo, tampoco tuvieron un amplio programa de reactivación económica, así que estas medidas no surtieron el mejor de los efectos. Al final, el Frente Popular cayó ante el constante sabotaje de la derecha. A diferencia de lo que sucedió en Alemania, la clase media, la gran patronal y los agricultores se mantuvieron fieles al sistema político y apoyaron en todo momento a los partidos democráticos.

El resto de países, de una forma o de otra, los partidos políticos de la democracia acabaron por desgastarse y la población apoyó a la extrema derecha o al comunismo, pese a que fue el primero el que al final se impuso. La Europa del Este se llenó de dictaduras y a la cabeza de ellas se encontraba Alemania. La extensión del tema, en cualquier caso, requiere un análisis en profundidad del fascismo que será realizado en otro momento.

 

El New Deal americano y las medidas suecas

Las políticas tradicionales no funcionaban, así que las democracias se deshicieron. Frente a ellas, aparecieron los fascismos que traían nuevas ideas económicas, pero con una disminución de las libertades. Frente a estas dos posturas quedaba otra vía: una ruptura total con el aislamiento del Estado de la economía, que fue lo que acabó haciendo Estados Unidos y Suecia.

El presidente americano, Hoover, se mantuvo en la línea de los Gobiernos europeos: esperar a que todo pasara. Así que, en 1932, acabó siendo derrotado él y el Partido Republicano. F.D. Roosevelt, del Partido Demócrata, fue elegido ante la inoperancia de la anterior administración y por sus nuevas ideas para salir de la crisis que se basaban en las ideas keynesianas. Esta política se materializó en el New Deal, que se puso en marcha en 1933, una vez que Roosevelt tomó posesión del cargo.

Por primera vez, el Gobierno de los Estados Unidos entraba directamente a intervenir en la economía al mismo tiempo que se tomaban medidas sociales. En primer lugar, se tuvo que realizar una reforma de la banca, la cual quedaba controlada por los poderes públicos, con el fin de que los ahorradores no perdieran sus ahorros por la mala inversión o gestión de los bancos y, a su vez, estos volvieran a ingresar el dinero en los bancos. Del mismo modo, para evitar otra burbuja bursátil, se tomaron medida para supervisar la bolsa.

Para reactivar el consumo, era necesario crear empleo con salarios dignos. Para ello, gran parte del presupuesto americano se destinó a la realización de grandes obras de infraestructura que permitieron crear hasta siete millones de puestos de trabajo. Se redujo, además, la jordana de trabajo, se introdujeron salarios mínimos y convenios colectivos. También se introdujo el seguro de paro y pensiones al igual que en Europa.

Se eliminó el patrón oro y el dólar quedó devaluado hasta un 41% con el fin de crear una inflación controlada que estimulara la inversión y el consumo, y permitió también la competencia exterior.

En lo que respecta al problema agrario, se establecieron precios estatales con el fin de evitar una disminución de los precios en el libre comercio. Claramente, se tuvieron que imponer cuotas de producción para evitar demasiada oferta en el mercado.

Todo esto, entre otras muchas más medidas, permitió que se recuperara la demanda y, por tanto, las empresas volvieron a poder poner sus productos en el mercado, pese a que estas habían sido reacias a estas políticas, en concreto en lo que respectaba a salarios y convenios. En otras palabras, se reactivó la economía e inversión privada.

Evidentemente, el new Deal no consiguió devolver a Estados Unidos a las cuotas económicas anteriores a 1929, pero logró con creces mejorar la situación.

Algo parecido fue lo que se hizo en Suecia, único de los países europeos que consiguió recuperarse rápidamente y que permitió el mantenimiento de la democracia. Era el país más industrializado de los escandinavos y, desde el primer momento de la depresión, no aceptaron la ortodoxia del capitalismo e iniciaron unas políticas ingeniosas que atrajeron, de hecho, a los economistas americanos. Desde el primer momento se supo que el Estado debía intervenir en la economía y así lo hizo el Gobierno de coalición presidido por el Partido Socialdemócrata.

De esta manera, los impuestos aumentaron, puesto que el Estado debía financiarse para su política económica, pero la presión fiscal se distribuyó con el fin de que estas no las soportaran las clases medias como sucedía en el resto de Europa. Para mantener el déficit estatal, se realizaron programas con duraciones entre tres y cuatro años, a diferencia de los presupuestos anuales. Se devaluó también la moneda y se establecieron bajos tipos de interés. Del mismo modo, se establecieron precios para diversos productos. Y lo más importante, se llevaron a cabo grandes programas de obras públicas que fue lo que ayudo a reactivar la economía.

Sea como fuere, el gran impulso para le economía fue, sin duda, la preparación para la Segunda Guerra Mundial. Alemania se estaba rearmando y, por tanto, otros gobiernos, como el británico y algo más tarde el estadounidense, iniciaron una política armamentística que fomentó el empleo.

 

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