La prospección arqueológica

Antes de iniciar la excavación de un yacimiento, parece lógico encontrarlo primero, y en segundo lugar es importante conocer algo de éste previamente. ¿Cómo se realiza eso? Mediante la prospección.

El arqueólogo, mediante distintas técnicas de prospección, debe ser capaz de localizar yacimientos, y obtener los primeros datos sobre éstos. Hasta los años 80 del siglo XX, la prospección era una mera etapa de búsqueda de yacimientos, la parte más aburrida de la Arqueología, que no podía aportar nada más que su localización. ¿Qué más se le podía pedir? La verdad que poco más que ello, y en su caso conocer algunas estructuras previas a la excavación. Sin embargo, las nuevas técnicas de prospección, que han ido surgiendo a partir de mediados del siglo XX, han permitido que la prospección se convierta en un procedimiento de gran importancia, que da una amplia cantidad de datos del yacimiento sin necesidad de iniciar la excavación. A veces, el bajo presupuesto para la excavación hace que la prospección la sustituya, con la ventaja de que no hay necesidad de alterar el yacimiento arqueológico, guardándolo para futuras actuaciones.

Algunas veces, las prospecciones permiten conocer los yacimientos existentes en un área amplia, en donde se realiza también un estudio del paisaje y de los suelos, entre otros. Algo que ha estado motivado en los últimos años por los estudios regionales.

En otras ocasiones, la prospección se realiza de forma forzada –prospección de emergencia–, por las circunstancias. Normalmente las obras que se realizan sobre terrenos susceptibles de contener yacimientos requieren de una prospección para encontrar éstos antes de iniciar cualquier actuación, ya sea para excavarlos –lo que se llama excavación de emergencia– o para modificar el proyecto si fuera necesario. Pensemos, por ejemplo, en la construcción de una autopista. Debiendo atravesar un amplio territorio, es probable que ésta se tope tarde o temprano con un yacimiento, el cual requeriría de una excavación apresurada, para su posterior destrucción. De esta forma, una vez proyectado el trazado de la autopista, la administración encarga la prospección de todo el territorio que ésta atraviesa con el fin de localizar la existencia de algún yacimiento. De ser así, se puede optar por hacer una modificación del proyecto inicial para evitar los yacimientos, o en su caso encargar una excavación de emergencia con un margen de tiempo mayor para actuar sobre él.

 

Trabajo de gabinete

Comencemos a ver las distintas técnicas de prospección con el objetivo de localizar yacimientos. Primeramente, no todos los yacimientos han tenido que ser localizados. Muchos de ellos no habían sido olvidados, especialmente los grandes monumentos. Las pirámides siempre se conocieron, los restos del foro romano estaban semicubiertos, o la muralla de Micenas se conocía desde la Antigüedad clásica. Por otra parte, muchos otros yacimientos han sido encontrados por casualidad –arando campos, excavando zanjas, al iniciar las cimentaciones de edificios–, o a veces por individuos, conocidos como clandestinos, que acuden con detectores de metales con el fin de expoliar los yacimientos –al tiempo que los destruye–, algo que está penado por la legislación.

Más allá de eso, para encontrar yacimientos, el principal procedimiento es la de acudir a fuentes documentales y orales. En ocasiones, los textos clásicos dan indicaciones de ciudades o lugares. Un claro ejemplo es el descubrimiento de Troya por Schliemann siguiendo los textos homéricos. O en la actualidad, muchos lugares descritos por la Biblia se ha comprobado que existen en realidad.

A veces, la documentación mucho más modernas –incluyendo los propios relatos orales– permiten conocer la existencia de yacimientos. Es probable que una ciudad romana, construida con grandes sillares de piedra, sea encontrada por campesinos siglos después, utilizándola de cantera de piedra. De esta forma, la documentación de la época seguramente mencionará el lugar de esa “cantera”, que el arqueólogo debe interpretar –según las circunstancias– como un yacimiento. También el investigador puede realizar entrevistas en una localidad concreta con el fin de conocer la existencia de leyendas que se relacionen con algún lugar cercano, o si conocen el hallazgo de monedas, joyas, etc.

Una importante fuente de documentación son los topónimos. El nombre de los lugares puede guardar el recuerdo de su pasado, aunque las estructuras que sobre estos sitios se alzaron ya no existan. Así, por ejemplo, topónimos que mencionan a castillos, atalayas, torres, probablemente indican que en su día allí se alzó un castillo o alguna construcción defensiva; nombres de santos y vírgenes se relacionan con ermitas, iglesias o monasterios; la mención a romanos, moros, carlistas nos indica que hubo alguna construcción relacionado con estos; topónimos relacionados con el diablo, lugares de culto paganos; nombres como tesoros, monedas u oro ponen sobre la pista de hallazgos de este tipo en algún momento.

 

Trabajo de campo

Tras el trabajo de gabinete –el que se puede realizar en un despacho– se pasa al trabajo de campo, dicho de otra manera, a actuar sobre el terreno. En este momento, el arqueólogo requiere de un presupuesto económico. Se necesita ante todo de un equipo humano, así como algunos materiales –planos, fotografías, material métrico, etc. –. Lo que se va a buscar es todo aquello que puede ser observado sin necesidad de iniciar la excavación: restos de murallas, estructuras, túmulos funerarios, artefactos dispersos a lo largo del terreno –como fragmentos de cerámica–.

Pero antes de nada, ¿qué área vamos a prospectar? Dependerá de los objetivos. Por una parte, se puede prospectar una región geográfica limitada por valles, ríos, montañas, o en su caso una isla, una península, etc. En estos supuestos –se trataría de un estudio regional–, el objetivo puede ser el localizar los yacimientos arqueológicos de esa zona, con el fin de tener conocimientos de su existencia, y permitir su protección como patrimonio. En otras ocasiones, el área se puede limitar por factores culturales. Por ejemplo, si buscamos yacimientos del musteriense, se limitaría la zona en donde previamente se sabe que dicha cultura se dio. Se trataría, en ambos casos, de una prospección extensiva, puesto que la amplia extensión de terreno no permitiría una prospección pormenorizada. A menudo, se suele utilizar la fotografía aérea de la que hablaremos posteriormente.

Otras veces, la prospección es arbitraria, que suele ser lo más habitual. Parte del hecho de conocer la existencia exacta de un yacimiento. En este caso se trata, normalmente, de una prospección intensiva, puesto que al ser, por regla general, una corta extensión de terreno, la prospección suele ser mucho más pormenorizada. En este caso, no se trata tanto de limitar la zona, como de buscar la extensión del yacimiento.

En cualquier caso, las zonas áridas y secas, sin apenas vegetación, son mucho más fáciles de prospectar, ya que el terreno se ve a simple vista, mientras que en zonas en donde exista una abundante vegetación ésta cubre cualquier indicio arqueológico.

Por otro lado, es evidente que una cobertura total de toda la zona a prospectar es prácticamente imposible. Si tratamos de prospectar una isla, por ejemplo, por muy poco pormenorizada que ésta sea, deberemos elegir zonas concretas. Y de igual forma, aunque sean unas pocas hectáreas, si queremos realizar sobre ella una prospección intensiva, es evidente que deberemos elegir ciertas zonas en donde realizarla. De esta forma, se deben señalar las áreas sobre las que se actuará. Es lo que se llama estrategia de muestreo. Se trata de prospectar ciertas zonas del área total, después de haber sido divididas en cuadriculas llamadas fracción de muestreo –el tamaño de estas dependerá de cada arqueólogo–, de tal forma que los datos que nos aporten se acerquen a los resultados de haber prospectado el área en su conjunto. Por una parte, tenemos los muestreos probabilísticos, en donde podemos encontrar varios tipos: el muestreo aleatorio simple, en la que las zonas a prospectar son elegidas al azar, es decir, que si en nuestra zona tuviéramos 3.000 cuadriculas, podíamos prospectar al azar un 5% de ellas, y los resultados deberían ser similares a los resultados del conjunto. Sin embargo, muchos consideran que dejarlo al azar, y con mala suerte, los datos importantes podrían quedar sin prospectar, y en cambio prospectar únicamente zonas estériles. Por eso, muchos prefieren el muestreo aleatorio estratificado. Este consiste en dividir el área a prospectar en zonas, las cuales serían a su vez cuadriculadas. El azar dejaría que se escogiesen las cuadriculas a prospectar, pero cada zona debe contener un mínimo de cuadriculas dependiendo de la superficie de ésta. Otros prefieren un muestreo sistemático, de tal forma que si nuestro área a prospectar tiene 500 cuadriculas, se podrían prospectar la mitad, eligiendo una cuadricula sí y otra no, por ejemplo. Finalmente, se puede hacer una combinación de las tres anteriores –muestreo sistemático estratigráfico–. Claro está, siempre no se tiene por qué hacer por cuadriculas, muchas veces se prefiere realizar pasillos, de tal forma que el prospector –en una prospección intensiva– solo tiene que caminar en línea recta observando el terreno.

Por otra parte, muchos investigadores experimentados en la zona a prospectar prefieren un muestreo no probabilístico, llevándose por la intuición del lugar en que ellos crean, de acuerdo a sus conocimientos, donde se encontraran los yacimientos. En este caso, el arqueólogo suele utilizar planos del territorio y observar los recursos hídricos, vegetales, altitud, para buscar los lugares más propicios donde pudo haber hábitat humano. 

Tras tener indicios serios de la existencia de un posible yacimiento, se puede comenzar con la llamada prospección superficial, habitual cuando el terreno a prospectar es de pocas hectáreas. Se mira al suelo para ver si hay algo que no sea natural. El equipo humano se divide por zonas, y cuando se encuentran estructuras se fotografían, y se señalan sobre planos. Se recoge el material superficial que pudiera existir, por ello cada miembro suele llevar una bolsa con una etiqueta en la que figura el nombre del yacimiento –y el término municipal–, la zona que se está prospectando, y la fecha. Posteriormente, cada artefacto encontrado será limpiado y siglado. En la actualidad, también se recogen muestras de tierra para la realización de un estudio geológico y edafológico de la zona. De igual forma, para no limitar la prospección únicamente a la superficie, se suele realizar una pequeña cata arqueológica, que permite conocer la estratigrafía del yacimiento, y los posibles momentos de ocupación.

Posteriormente, tras la realización de la prospección, se debe elaborar el informe pertinente, al igual que se hace en la excavación. En él, además de los datos habituales –nombre del yacimiento, localización, término municipal– se suele añadir un mapa cartográfico de la zona, así como un plano con las posibles estructuras halladas –y su descripción–, y si hubiera, las fotografías aéreas. De igual manera, se añaden los estudios geomorfológicos, geológicos, hidrográficos, y de vegetación de la zona. Se suele incluir también todo el proceso documental previo a la prospección.

Se dan también las primeras hipótesis del yacimiento –cultura a la que pertenece y datación–, su contextualización en el entorno, las posibles vías antiguas, la visibilidad de otros yacimientos, etc. Y se añade el inventario de todos los artefactos encontrados.

Junto con la prospección superficial, se suelen usar toda una serie de técnicas, algunas de las cuales son muy novedosas. Una de las primeras herramientas, que ayudaron en la prospección, fue la fotografía aérea –especialmente para prospecciones en extensión–. Desde que el hombre comenzó a volar a principios del siglo XX, se realizaron fotografías aéreas, especialmente durante la Primera Guerra Mundial, y más tarde en la segunda. En estas fotografías se vio que se podían ver estructuras y yacimientos que no podían ser observados a simple vista desde la superficie. Así, por ejemplo, en los campos sembrados, aquellas zonas donde existen estructuras, la densidad del cultivo suele ser menor, mientras que en las zonas donde hubo canales o fosos suele haber un mayor florecimiento. También estas zonas más pobladas por la vegetación o los cultivos pueden corresponder a sepulturas. Fosos, tumbas, caminos y canales también son observados por poseer otra tonalidad distinta cuando no existen cultivos. Muchas veces la luz –sobre todo al amanecer y atardecer–, o las condiciones climatológicas de cada época del año permiten observar mejor o peor las estructuras. De esta forma, la humedad suele ser menor en cimentaciones, muros, murallas y vías, mientras que, en fosos, fosas, pozos y sepulturas, suele haber mayor humedad.

Las fotografías pueden ser oblicuas o verticales. Las de primer tipo se toma en ángulo para revelar contornos y proporciones –permite ver pequeñas elevaciones que pueden corresponder a muros y túmulos sepultados–. Pero debe ser acompañada de una fotografía vertical, que es la que permite descubrir realmente los yacimientos, al mismo tiempo que permiten realizar planos precisos. En la actualidad, herramientas como google map han permitido un uso sencillo y detallado de la superficie terrestre. Además, las nuevas tecnologías permiten aplicar la termografía para realizar una prospección térmica, de tal forma que se puede ver la temperatura de la superficie. De esa manera, las construcciones sepultadas aparecen con tonalidades frías, por tener un contenido más húmedo.

Podemos mencionar la prospección geofísica, que consiste en sondear el suelo con barras y taladros, anotando los lugares en los que aparecen cuerpos sólidos o cavidades. Aunque este tipo de sondeos se realiza más bien para amplias estructuras. Una modalidad –ahora muy usada– de ésta es la que se realizó en las tumbas etruscas, muchas de las cuales no fueron abiertas, sino que se introdujeron cámaras que grabaron su contenido. De igual modo, se suele hacer ahora en algunas tumbas egipcias.

Más revolucionaria son las teledetección bajo la superficie. A diferencia de la otra, no existe ninguna alteración del yacimiento, existiendo dos tipos de técnicas: mediante sondeo sísmico o acústico, por el cual se golpea la superficie del suelo. Dependiendo de la profundidad de las estructuras, si las hay, sonará de una manera o de otra. A partir de este fenómeno, se han ideado distintos artefactos que envían ondas verticales. O directamente se puede usar el sónar, especialmente en la arqueología subacuática. Otra técnica son las ondas de radio e impulsos eléctricos. Se trata de un radar acústico de suelos, que está diseñado para observar el subsuelo. Se trata de enviar ondas de radio, recibiendo los ecos que estos producen, de tal forma que se puede saber cualquier variación del subsuelo como estructuras, zanjas de relleno, etc. A través de un programa informático, se puede generar una imagen tridimensional del suelo, aunque sólo se aplica a suelos arenosos secos y muy drenados. Otro tipo de radar es el georadar, que transmite energía electromagnética al suelo, de tal forma que el programa informático es capaz de reflejar los cambios de las propiedades eléctricas de cada material con los que dicha energía choca. En las zonas muy húmedas se suele usar la resistividad eléctrica, por el cual se introduce energía que es conducida por esta humedad. Si existen estructuras, fosos colmatados, etc., la resistencia varía.

Otra técnica es la prospección magnética. Ésta permite hallar estructuras realizadas con arcilla cocida. Se basa en el óxido de hierro que contiene la arcilla, por muy insignificante que éste sea, que al ser cocida se convierte en un pequeño imán, que pude ser notado mediante esta técnica. Para medirlo, se suelen usar el magnetómetro de protones –puede dar resultados alterados por las líneas de alta tensión–, el gradiómetro, el magnetómetro de precesión de protones, el magnetómetro de flujo diferencial, el contador de conductividad del suelo, y el contador de inducción de impulsos.

Los detectores de metales son usados también en las prospecciones para saber si existe presencia de metales en el subsuelo. Sin embargo, éstos, al ser utilizados por arqueólogos profesionales, sólo sirven para apuntar la presencia de algún tipo de objeto metálico, sin iniciar un agujero para su rescate. Usar un detector por afición e iniciar la perforación del yacimiento está totalmente prohibido, considerándose expolio. Según la legislación española, todo lo que se encuentra en el subsuelo es propiedad del Estado.

La radiactividad y la dispersión de neutrones pueden ser utilizadas en terrenos en donde existen suelos con algún componente radiactivo, de tal forma que la discontinuidad de la radiación permite conocer la situación de las estructuras. Mientras que los neutrones, al ser introducidos en el suelo mediante una sonda que emite neutrones rápidos permite conocer los lentos, estando éstos en menos proporción en la roca.

El análisis geoquímico consiste en tomar muestras de tierra a intervalos regulares en el subsuelo, hasta un metro de profundidad, midiéndose el contenido de fosfatos. Estos fosfatos son generados especialmente por la materia orgánica, de tal forma que en aquellos lugares donde haya habido asentamientos humanos habrá habido desperdicios orgánicos que han aumento los fosfatos en el terreno. Suele ser bastante lento en su análisis, además de ser un procedimiento que requiere de excavación.

Finalmente, algunos arqueólogos han usado la radiestesia, el movimiento de una rama, para la búsqueda de estructuras, aunque su eficacia no está comprobada de forma científica.

El uso de unas u otras técnicas, y la combinación de varias, dependerá del presupuesto y tiempo que se tenga en cada momento, así como cada una las circunstancias del lugar a prospectar.

 

Bibliografía

Es recomendable leer el capítulo “¿Dónde? Prospección y excavación de yacimientos y estructuras” en RENFREW, C. y BAHN, P. (1991): Arqueología. Teorías, métodos y práctica, Akal, Madrid. Contiene multitud de ejemplos e imágenes, así como la recomendación de algunas lecturas.