Las necrópolis romanas

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En las Leyes delas XII Tablas se menciona que estaba prohibida las inhumaciones e incineraciones dentro de las ciudades. En la tabla numero X que habla sobre lo sagrado, se da toda una serie de normas referente a los difuntos, así bien, el primer punto de esta tabla dice:  “Ningún cadáver puede ser enterrado ni quemado dentro de la ciudad”. La existencia de esta norma está implicando que anteriormente existía la costumbre de realizar enterramientos dentro de la ciudad, si bien, esta disposición en muchas ocasiones no debía ser respetada por el hecho de que a lo largo de la historia de Roma dicha disposición ha sido reiterada en varios ocasiones, puesto que en el 260 a.C el Senado volvió a emitir esta disposición, lo volvió a hacer Sila, Augusto, Adriano y Severo.   De hecho esta medida se debe única y exclusivamente a una lógica sanitaria, como ya apuntaba Ciceron (Ciceron, de leg 2,23,58) También se prohibía realizar en el casco urbano las piras funerarias para que no se produjeran incendios, y se establecía 60 pies de distancia a toda casa, según las XII Tablas: No pueden construirse sepulcros a menor distancia de sesenta pies de cualquier casa, a no ser que lo consienta el dueño de ella(Las XII tablas, 10, 14). Esta norma por lo tanto impide cualquier tipo de enterramiento dentro de la ciudad, tanto en Roma como en el resto del imperio, puesto que las leyes, o fragmentos de leyes conservadas mencionan esta misma norma, así por ejemplo la ley de Urso dice que los enterramientos no deben producirse a menos de 500 pasos del municipio (Lex urs 74).

Parte de la necrópolis de Isola Sacra. Se puede ver la tipíca disposición de las tumbas a lo largo de la via.

No obstantes hubo excepciones, pero claramente con personajes que su poder se lo permitía, las más conocidas la de algunos emperadores como Adriano, que construyó el Templum Gentis Flaviae, dentro del Pomerium, y de igual modo Trajano y su famosa columna. Existe además otra excepción más común, la de los niños, que solían ser enterrados en la misma casa, de acuerdo a la concepción más generalizada de la ultratumba, por la que ésta era un mundo análogo al de los vivos, aunque mucho mejor, en el que la sociedad está organizada de igual manera, por lo que el difunto en el más allá tendría la misma categoría social, misma profesión etc, por lo que un niño que no estaba categorizado en la sociedad difícilmente podía ir a un más allá (A. VAN GENNEP(1909) p. 165) y por lo tanto no se realizaban los mismos rituales fúnebres si es que se le realizaba alguno. En muchas ocasiones morirían sin tener ni siquiera nombre, puesto que hasta que no pasaban varios días de su nacimiento no se les asignaba uno.

La norma antes mencionada, que impedía enterrar en la ciudad, hizo que las necrópolis romanas se trasladaran al exterior, principalmente a los lados de las vías, cercanas a las puertas de la ciudad. Para esta costumbre se pueden encontrar varias razones, primero porque es la forma más fácil de acceder a las tumbas, y en segundo lugar porque es el lugar mas visible. Es inevitable no leer los epígrafes de las tumbas cuando un viandante pasaba por allí, en un claro ejemplo de que el difunto fuera recordado más allá de la muerte. De hecho era usual leer en muchos epitafios saludos al viandante como en éstos: “Detén un poco tus pasos, te lo ruego, joven pío, peregrino, de modo que puedas conocer por mi inscripción mi suerte funesta” (CIL XII, 533), “Tú, viajero, deséame: que la tierra te sea ligera” (CIL XIII, 7015).

Aunque también hay quien prefería levantar sus tumbas en propiedades suyas. No existía ninguna norma que obligara a enterrarse en las necrópolis, pero ésto llevaba el inconveniente que para llegar a la tumba habría que pasar en muchas ocasiones por propiedades ajenas. La ley de las XII tablas prohibía que el terreno que las tumbas ocupara fuera terreno fértil, aunque en la mayor parte de las ocasiones esto se omitía.

Pero las necrópolis son una imagen de la ciudad de los vivos, en la que se sigue recreando  las posiciones sociales, económicas e ideológicas de los fallecidos, de ahí que las principales tumbas se situaran inmediatamente al lado de las vías. Pero no está del todo claro que la situación de una tumba en un lado o en otro  reflejen un orden social o económico. Ni tampoco parece que hubiera una premeditación a la hora de establecer las parcelas funerarias, como demuestra un gran numero de necrópolis a lo largo del Imperio, así podemos apreciar que patrones y libertos son muchas veces enterrados en las mismas tumbas, tan solo reservándose los primeros las áreas de privilegio de los monumentos. Y de igual modo, muchos libertos buscaron en las necrópolis  su propia autorrepresentación social, lo que se les negaba en vida, mediante monumentos funerarios caros, ostentosos y ricamente decorados.

La principal distinción que se puede encontrar en muchos lugares entre una élite dirigente y otros que no lo eran, era la elección de la necrópolis allí donde hubiera dos, como es el caso de Ostia, en donde las clases altas prefirieron enterrarse en la via Ostiense mientras que las clases inferiores, en especias libertos lo hacían en la via Laurentina (VAQUERIZO (2001) p. 90-91).

Pese a no existir una planificación de las necrópolis, la tendencia a alinear las tumbas a las vías hizo que las necrópolis tiendan a estar organizadas en calles, normalmente designado por el nombre alemán de Gräberstrassen, documentadas en casi todos los núcleos de población de cierta importancia, en especial en época altoimperial. A partir del siglo III d.C habrá una tendencia a la desaparición de éste tipo de necrópolis, con el auge del cristianismo, y se implantarán en torno a lugares de culto cristiano, muchas veces en el corazón de las ciudades, y con la perdida también de una cultura urbana, aumentaron los enterramientos rurales. Aunque los cementerios rurales no son algo novedoso de éste momento. Ya en época tardorepublicana habían existido, aunque la investigación no les había prestado mucha atención hasta las última dos décadas, aunque unidos al fenómeno de las villae. Se podrían poner de ejemplo  los cementerios de la Calerilla de Ortunas (Requena, Valencia) o el de Daimuz (Valencia), en los que se puede apreciar la existencia de sepulturas en torno a un monumento funerario perteneciente a la familia propietaria de la villa.

 

Necropoli di Porta Nocera (Pompeya)

Cronológicamente, estas necrópolis rurales se caracterizan por la variabilidad en el número de enterramientos en diversas épocas, de tal forma, que en época altoimperial, predominan los conjuntos con un número reducido de enterramientos, unos 5 ó 6. En cambio, en época Bajo Imperial y en la Antigüedad Tardía, con el aumento de la población rural, surgen grandes cementerios rurales hasta ahora desconocidos, tal como los de  El Albir (Alfaz del Pí, Alicante) por citar alguno de la misma zona que los anteriores, en la que nos encontramos hasta 150 sepulturas.

La Necrópolis,  pese al tabú que suponía la muerte, no hay que concebirla como un lugar apartado y cerrado, sino todo lo contrario, es un lugar abierto, y por así decirlo bastante frecuentado, primero porque al estar al lado de las vías era un lugar de transito, y en segundo lugar porque  al cabo del año era usual que las familias de los fallecidos rindieran cultos a estos  en sus tumbas, por lo que nunca faltaría gente en estos lugares. Incluso cercanas a las necrópolis habría tabernae, o establecimientos parecidos, e incluso pintadas con fines de propaganda política.

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

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CANCELA RAMIREZ, M.L, “Las corrientes clásicas en la arquitectura funeraria”. pp. 237-264. En Difusión del arte romano en Aragón. Zaragoza 1996

GENNEP, Arnold von, Los ritos de paso, Taurus, Madrid, 1986 (edición orignal 1909)

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VAQUERIZO D. (de.), Espacios y usos funerarios en el occidente romano. Vol 1 y Vol 2. Seminario de Arqueología. Universidad de Córdoba, 2002