El concepto de España a lo largo de la historia

La conocida Enciclopedia Álvarez, con la que muchos escolares estudiaron durante la época franquista, explicaba que “la Historia de España es la narración verídica de los hechos realizados por los españoles desde los tiempos más remotos hasta nuestros días”. Es probable que muchos lectores no tengan nada que objetar a tal frase, pero en realidad esta transmite una idea clara: España y los españoles han existido siempre, o, como en aquella época se decía, España era una unidad de destino en lo universal. Esta idea, en cualquier caso, no era una creación de la dictadura, sino que provenía del nacionalismo español del siglo XIX, y pese a que, al menos en los niveles académicos, esta idea dejó de imperar hace mucho tiempo en tanto que se trata de un falseamiento de la historia, parece que sigue estando presente en el saber popular. Por tanto, a lo largo de las siguientes líneas trataremos de desmontar la existencia de España tanto en tiempos remotos como en no tan lejanos. Nos apoyaremos, en buena medida, en la obra de Álvarez Junco, Mater Dolorosa.

En cualquier caso, antes de nada, deberíamos preguntarnos el origen de esa idea de España. El siglo XIX fue el siglo del liberalismo, pero también del nacionalismo. Si tomamos las ideas de uno de sus principales teóricos, Mazzini, a cada nación le correspondía un Estado. La nación era, por otra parte, el conjunto de habitantes de un determinado lugar que compartían una lengua, una cultura, unas tradiciones e historia propia. Por tanto, ninguna nación debía estar sometida a otra. Pero en realidad, como nos dice Hobsbawm, se trataba de una fabricación de naciones y de Estados-nación, entre las más destacadas Alemania e Italia. Una fabricación en tanto que, dijera lo que dijera la historia, se buscaron los argumentos para justificar la existencia de naciones y sus derechos a ser Estados o Estados que buscaban crear sus naciones, caso, este último, del nacionalismo español. Que España fuera ya un Estado en el siglo XIX era, de por sí, un argumento por el que se justificaba la idea de la nación. Pero no era suficiente, se requería también una población que sintiera ser española y que no pudiera ser otra cosa que eso –al igual que los franceses debían ser franceses y los ingleses, ingleses-. En otras palabras, que se necesitaba una cultura homogénea para toda la población. Daba igual que buena parte de los habitantes del país hablara una lengua distinta al castellano –o, mejor dicho, “español”- y que manifestaran identidades diversas. Por medio de la educación, que se convirtió en el principal instrumento de todo nacionalismo, había que crear españoles. Por otro lado,  era necesario justificar la existencia de una nación española a lo largo de la Historia.

El decimonónico Modesto Lafuente, cuya monumental Historia de España se popularizó entre la burguesía, creía nada menos que los españoles se habían formado de la siguiente manera: “Los íberos y los celtas son los creadores del fondo del carácter español. ¿Quién no ve revelarse este mismo genio en todas las épocas, desde Sagunto hasta Zaragoza, desde Aníbal hasta Napoleón? ¡Pueblo singular! En cualquier tiempo que el historiador le estudie encuentra en él el carácter primitivo, creado allá en los tiempos que se escapan a su cronología histórica”. He aquí, al parecer, el origen de los españoles, que debían hacer frente a otros pueblos que intentaban apoderarse de la patria: griegos, fenicios, cartagineses y romanos. Una Historia de España de primer grado, ya del siglo XX, decía cosas tales como que los fenicios “cambiaban con los españoles telas y otros objetos…”, mientras que los griegos “supieron ganarse el afecto de los españoles”. Orisón es elevado a la categoría de héroe nacional al derrotar a los cartagineses, y otros “jefes españoles” como Indíbil y Madonio se “alzaron en armas contra los romanos para defender la independencia”. Qué decir de Viriato, caudillo español por antonomasia, que derrotaba a tantos cónsules y pretores como le hicieran frente.

No puede haber más falsedad. El nombre que dieron los griegos a la península, Iberia, o los romanos, Hispania, designaba un concepto geográfico, e incluía, claro está, al Portugal actual, que parece siempre ser olvidado por el nacionalismo español para mejor acomodo del relato. De hecho, el mencionado Viriato era luso –que no debemos identificar con lo que hoy conocemos como Portugal- y, por tanto, el territorio de origen del mismo se sitúa fuera del territorio nacional. Para el nacionalismo, esta controversia no parece inconveniente alguno para apropiarse del personaje. En cualquier caso, Hispania o Iberia no fue jamás una entidad política. Tampoco íberos y celta componían naciones –aunque los historiadores del presente utilicen estas denominaciones para designar a un conjunto de pueblos que presentan aspectos comunes-. Los habitantes de la península en la Antigüedad se agrupaban en comunidades independientes y, a lo mucho, se consideraban pertenecientes a un pueblo concreto. El mencionado Orisón, por ejemplo, era oretano, e Indíbil, ilegerte. Jamás se hubieran considerado íberos, ni hispanos, ni mucho menos españoles.

Cuando Hispania se encontraba controlada en su totalidad por Roma, tampoco entonces fue un ente administrativo, puesto que esta quedó dividida en diversas provincias. De haberlo sido, no habría implicado la existencia de un Estado ni una nación. Lamentándolo mucho, tampoco Adriano y Trajano eran españoles, eran romanos, por mucho que estos hubieran nacido fuera de la península itálica. Por cierto, otra paradoja, los romanos, que eran presentados como los enemigos de los españoles, parecen adquirir esta última nacionalidad tras la conquista si revisamos el discurso nacionalista. Por tanto, hablar de una España romana, aunque se sigue haciendo, no deja de ser absurdo, puesto que es como considerar que el Estado existía ya en aquel entonces. Lo mismo que hablar de una Cataluña, Aragón o Portugal romanos.

El único momento en el que Hispania, además de su significado geográfico, tomó cierto sentido étnico fue en época visigoda. En este momento parece que existe una vinculación de estos y la nueva población hispano-visigoda con la tierra, es decir, con el territorio peninsular. Pero esto no implica un nacimiento de España como los propios ideólogos nacionalistas del siglo XIX y XX intentaron hacer creer. Lo que también parecían olvidar los nacionalistas españoles de aquel momento es que el reino visigodo ni siquiera se ajustaba, ya no a la España actual, sino tampoco a los límites geográficos de Hispania. El reino suevo, del que beben otros nacionalistas, los gallegos, controlaba el sector noroeste de la península –aunque desapareció a manos visigodas a finales del siglo VI-, mientras que los bizantinos seguían controlando  el sur y sureste. Por descontando, los pueblos de la Cordillera Cantábrica y el sector occidental del Pirineo, entre ellos los vascones, resistían al poder visigodo al igual que lo habían hecho en época romana. Por otro lado, hasta el siglo VI, el centro de poder visigodo no se sitúa en Toledo, sino que se hallaba al sur de lo que hoy conocemos como Francia, concretamente en Tolosa. De hecho, las fuentes hablan del regnum Tolosanum. Por mucho que entre las estatuas de “reyes de España” de la plaza de Oriente se encuentre Ataulfo, este apenas llegó a pisar la península. Aunque incluso los cronistas canónigos de aquel momento se empeñaran en crear una identidad en torno a la monarquía visigoda, la realidad es que aquel reino no era una unidad como a ellos les hubiera gustado y como creen observarlo los nacionalistas decimonónicos. La rapidez con la que se produce la conquista peninsular por parte de los arabo-bereberes en el 711 solo evidencia la fragmentación del poder y lo endeble del poder de la estructura política de la monarquía.

Otra cuestión. Tal conquista dio lugar a una provincia, dentro del califato de Damasco, que recibía el nombre de Al-Ándalus, que más tarde se independizó y que se convirtió en califato en el siglo X. El control de este emirato en sus mejores momentos prácticamente abarcaba toda la península. Incluso los conocidos núcleos de resistencia cristiano del norte se vieron relegados, en los primeros siglos, a ser meramente súbditos de Córdoba, centro político del Al-Ándalus. Claramente, ningún nacionalista consideró que este Estado árabe bajo la dinastía Omeya pudiera ser un segundo Estado español después del reino visigodo. Es más, incluso su historia parecía no pertenecer a la historia española, puesto que España era y debía ser siendo cristiana y católica. De ahí la importancia que se le daba también al visigodo Recaredo, que se convirtió a la religión católica –hasta entonces era arriano-. Aunque la cristiandad de los españoles parece asegurada desde mucho antes, gracias al apóstol Santiago y a sus esfuerzos por difundir el cristianismo por la Península. Pese a que difícilmente este pudo llegar hasta la península, su tumba fue descubierta en “tiempos de la Reconquista” y, el apóstol, no solo era matamoros y símbolo de la lucha contra el Islam, sino que los nacionalistas le dieron, como no podría ser de otra forma, la nacionalidad española. ¡Santiago y cierra, España!

Los mencionados núcleos cristianos y, en concreto, el reino astur, idealizaron al reino visigodo, de tal forma que incluso Alfonso II restauró las instituciones en Oviedo, identificándose sucesor de tal monarquía y, por tanto, el objetivo era recuperar el territorio perdido –se trataba de un neogoticismo-. No hubo vacilación entre los historiadores españoles en llamar aquello Reconquista –claro está, la reconquista de la España perdida- pese a que difícilmente se le puede dar tal nombre: ya no porque no hubiera existido una España que recuperar, sino porque ni siquiera los “reconquistadores” se les puede considerar sucesores de la monarquía visigoda por mucho que les pese. España, no nos engañemos, no existe en tiempos medievales, a no ser que olvidemos que, además de Castilla, existían otros reinos que eran independientes unos de otros. Es verdad que algunos monarcas se consideraron así mismos como Rex Hispaniae o incluso emperadores –caso, este último de Alfonso VI, al que solo le faltaba el imperio, y de Alfonso VII, que era Imperator totius Hispaniae-, pero siempre bajo la idea del ya mencionado neogoticismo de aspirar a unificar el territorio que había gobernado la monarquía visigoda.

Pero el concepto de España –que, como cualquiera puede evidenciar, proviene de Hispania- tenía un notable empuje. En el concilio de Constanza a comienzos del siglo XV para intentar poner fin al Cisma de Occidente, se admitió la asistencia de cinco naciones: Italia, Alemania, Francia, Inglaterra y España. Y el Obispo de Burgos Alonso de Cartagena, en el 1435, pronunció un discurso en el concilio de Basilea en el que ponía de manifiesta la superioridad de la “nación” española sobre la inglesa. Pero al igual que cuando Cervantes habla que envidian a España “mil naciones extranjeras”, el término “nación” tiene un concepto distinto. La nación era el conjunto humano de quienes habían nacido en el mismo territorio y que por lo general hablaban una misma lengua. Por descontado, existían en todos los casos elementos que les daba una identidad. Pero esto no es, ni mucho menos, nacionalismo. Es más, de esas cinco “naciones” mencionadas, por lo menos tres, Italia, Alemania y España ni por mera casualidad eran reinos y, al igual que en el caso español, la nación debió ser inventada en el siglo XIX por los nacionalistas alemanes e italianos.

En cualquier caso, sí que había en la Edad Media una identidad –e identidad, repetimos, no es nacionalismo- que diferenciaba  a los habitantes de la península del resto, pero esto no implica, en modo alguno, que tuviera un sentido político. Es más, para los de fuera de la península lo común era hablar de los “españoles” o de los “hispani” en un sentido genérico. Tanto es así, que el primer gentilicio no fue, ni siquiera, creado en la península.  Dicen los filólogos que el gentilicio de los habitantes de España habría sido algo como hispaños, espanos, espanienses, espanidos, españenses o españones, puesto que la terminación “ol” no es propia del castellano. Pero sí lo es del francés. Los franceses designaban a los habitantes cristianos de la península como espagnols o espayols. Alfonso X el Sabio en la primera Estoria de Espanna escrita en castellano hizo traducir como “espannoles” la palabra latina hispani.

La cuestión se entiende mejor si recordamos que hoy en día seguimos usando gentilicios que derivan de conceptos geográficos. Por ejemplo, hablamos de Sudamérica y de los sudamericanos, y aunque estos pueden tener elementos de identidad comunes, no existe una nación ni un Estado sudamericano. Lo mismo podemos decir para Europa y los europeos.

La primera vez que el término España podía ser vinculado con una única monarquía, aunque esta era dual, fue en época de los Reyes Católicas. Su matrimonio dio lugar a una política común –que no suma de territorios- para las dos coronas –la castellana y la aragonesa-, y la conquista de Granada y más tarde de Navarra creaba un territorio, cuyas fronteras coincidían prácticamente con las del Estado español actual, gobernado por el matrimonio real. Pero España, se entiende, no resurge ni nace en este momento. Por mucho que los monarcas vendieran tal unión y la posterior conquista de Granada como la recomposición del reino visigodo tan anhelado, y que incluso la política matrimonial de sus hijos se intentara la vinculación del reino portugués, la realidad es que estos no tenían la idea, por su puesto, de conformar una futura España como si aquello estuviera profetizado por el destino. Desde luego, si hubiera habido un interés por conformar una supuesta “España” no era por parte de Fernando el Católico. A este, que casó con Germana de Foix, no le tembló el pulso al firmar en el contrato matrimonial la cláusula que obligaba a que los reinos de la Corona de Aragón y el reino de Navarra recayeran en el heredero de la pareja. En otras palabras, que si este heredero hubiera vivido y no muerto pocas horas después de su nacimiento, las coronas de Castilla y de Aragón habrían sido gobernadas por distintos monarcas.

Por otro lado, aunque se justificara la unión como reinstauración del reino visigodo, parece que los monarcas católicos estaban más interesado en asociar su monarquía con una herencia más suculenta, la del Imperio romano, especialmente después de que se iniciara las campañas militares en Nápoles. Incluso el latín –recordemos que se trata de la época del Renacimiento-, a diferencia de lo que hizo Alfonso X el Sabio, tuvo mayor difusión desde las instancias reales que el castellano.

España, por tanto, seguía teniendo, ante todo, un concepto puramente geográfico. Ni siquiera cuando todas las fatalidades llevaron a que el nieto de los Reyes Católicos,  Carlos I de “España” y V de Alemania, heredara en su persona los tronos de estos –y de paso las posesiones de las casas de Austria y Borgoña-, ni siquiera entonces nació una España nacional. Carlos, debemos recodar, no es que no fuera español, es que ni siquiera era castellano ni había nacido en suelo peninsular, era flamenco y había sido criado en la corte de Flandes. No hablaba castellano, al menos cuando heredó tal trono. Si exceptuamos sus últimos años y en concreto su retiro en Yuste, Carlos pasó la mayor tiempo de su reinado sin pisar ninguna de sus posesiones peninsulares. Solo la reforma protestante hizo que fueran precisamente dichos territorios los más seguros de gobernar en tanto que en estos apenas se dejó notar ninguna corriente contraria a la fe católica. Hasta aquel momento, si tenía alguna estima por Castilla  era porque era la mina de oro de su política imperial –de ahí el movimiento comunero contra el monarca-. Mucho menos aprecio debió mostrar por los territorios de la Corona de Aragón, cuyas respectivas cortes eran poco propensas a aflojar el bolsillo.

Las guerras y la política de la monarquía no tenían nada que ver con una cuestión nacional –ni española ni alemana-, sino que, como toda monarquía, representaba los intereses de esta. En concreto, Carlos aspiraba y tenía la idea de un imperio universal, por muy trasnochada que fuera en su tiempo esta cuestión. Fue Felipe II –que no recibió la herencia Alemania-, y que por cierto acabó siendo también rey de Portugal, cuando se comenzó a fundir en cierta manera la monarquía de los Hansburgo con los reinos hispanos. De tal forma que el término “España” comienza a tener un concepto, en cierta medida, político. Al menos porque la península y, en concreto, Castilla, se convierten en el lugar de residencia del resto de Austrias. En cualquier caso, si omitimos los territorios americanos, el territorio que gobernaban los Austrias siempre traspasó en Europa el marco peninsular.  Pese a esto,  hablar de un Imperio español –otra creación del nacionalismo- es erróneo, por mucho que en los mapas escolares se señalaran en los mapas los amplios territorios que poseía “España” en tiempos de Carlos V y de Felipe II, incluyendo al Imperio alemán en el primer caso, que debía producir la misma sensación de gozo que a un inglés cuando contemplaba en un mapamundi el rojo de su imperio colonial en la cuarta parte del mundo. ¡Qué decir del Imperio de Felipe II sobre el que el sol no se ponía! En realidad, los territorios eran del monarca y, con todo fundamento, debemos hablar de un Imperio de los Habsburgo españoles. Por cierto, el honroso título de emperador de Alemania, era eso, un título –electivo, por otra parte-. Por lo general, estos ni pinchaban ni cortaban nada como el propio Carlos V demostró al intentar frenar a los príncipes alemanes que abnegaban de la fe católica. En realidad, Carlos V solo gobernaba directamente algunos territorios alemanes –muchos, en realidad- que por herencia le pertenecían.

También, debemos recordar, las posesiones españolas en las Indias no eran tales. Eran un territorio aparte de cualquier reino peninsular y, como todo reino, pertenecían únicamente al monarca.  Las propias leyendas monetales lo evidencia: Rex Hispanorum et Indiarum. Leyenda que, por otra parte, pone de manifiesto que los reyes no eran de España, sino de las Españas –la declinación latina -orum o -arum denota un genitivo plural-. Incluso en la moderada constitución de 1845, Isabel II se la sigue mencionando como reina de las Españas. Hubo que esperar hasta la Constitución de 1876 para que un texto constitucional mencionara por primera vez a un monarca como rey de España.

Los reinos de los Austrias seguían siendo gobernados como Estados distintos, incluidos los hispanos. Estos se gobernaban desde la corte, que se asentó en Madrid, por medio de consejos territoriales y temáticos, pero en cada reino existían instituciones propias. Castilla era fácil de gobernar, el poder cada vez más absoluto de los monarcas se hacía sentir y las instituciones de dicho reino habían quedado sometidas. No así las del resto y, algunos hechos, lo demuestran. Carlos V tuvo que peregrinar por los reinos de la Corona de Aragón para jurar los fueros y, en el caso de los diputados aragoneses, estos observaron que su señora madre, Juana I, estaba viva, que era la legítima heredera y reina por muy loca y encerrada que estuviera, y que aquel adolescente de Carlos no podía ser rey hasta que no se produjera la defunción de esta. El secretario de Felipe II, Antonio López, que acabó siendo perseguido por la justicia real, pero castellana, llegó hasta Aragón y proclamo que era hijo de aragonés para acogerse a los fueros del reino y que los delitos cometidos en Castilla poco importaban en el reino vecino. Después de que al poderoso Conde-Duque de Olivares se le ocurriera la Unión de Armas para que todos los reinos de la corona pagaran para mantener los muchos gastos de las guerras, estos comenzaron a sublevarse en el 1640. No porque sintieran la necesidad de separarse de España –evidentemente esta no existía-, sino porque sus respectivas noblezas deseaban dejar de ser gobernadas por el entonces Felipe IV y, en general, por la dinastía de los Austrias. La nobleza portuguesa repudió a este y eligió un nuevo monarca, y a punto estuvo también de perder Cataluña. Nada debía entender Felipe V cuando, tras ser proclamado rey de Castilla –y seguramente él creía que de España-, no lo hicieran así los reinos de la Corona de Aragón.  

Los tercios castellanos, que participaron en tantas batallas, entre ellas la guerra de Flandes, que no era una guerra a lo Vietnam entre España y los Países Bajos, sino entre la monarquía de los Habsburgo y un sector de la nobleza y burguesía flamenca, no llevaron por si solas las grandes gestas de la monarquía que tanto ensalzaron los escritores del Siglo de Oro. Los ejércitos estaban compuesto por una multitud de compañías que provenían de los distintos reinos y, como no, una buena parte de ellos eran mercenarios que no estaban dispuesto a darlo todo por la patria sino por el oro. Las guerras, por otra parte, sí que dieron un sentido de identidad nacional a la población de los distintos reinos peninsulares de los Austrias, al menos porque los enemigos eran los mismos y estos tenían una imagen colectiva del “español”. Por otro lado, si exceptuamos 1640 y 1700, apenas hubo graves conflictos entre dichos reinos.

El momento en el que se puede identificar por primera vez España con un concepto totalmente político es con la llegada de los Borbones al trono. Primero, porque la monarquía hispánica se reduce, precisamente, a sus posesiones en el territorio peninsular –a excepción de las Indias-, y, en segundo lugar, porque los Decretos de Nueva Planta que abolían las leyes e instituciones propia de los distintos reinos –a excepción de Navarra y las provincias vascas, que mantuvieron sendas prerrogativas-, daban lugar a un territorio peninsular gobernado con unas únicas instituciones y leyes. Así, en este momento, podemos hablar de un Estado español, aunque esto no quiere decir que se tratara tampoco de nacionalismo, aunque puede ser el origen de algunos elementos que este usara después. En cualquier caso, cuando se produjeron las abdicaciones de Bayona y los madrileños se levantaron el 2 de mayo de 1808, a lo que siguieron otros levantamientos por el territorio, en realidad  este pueblo que se alza en armas no lo hace por independizar a la nación del francés, sino que lo hacen, más bien, contra las atrocidades de los franceses. La guerra de la Independencia fue una creación posterior, aunque, los liberales de Cádiz, “legislando bajo el ruido del cañón” –plagio a Modesto Lafuente-, eran consciente de que estaban creando una “patria” para los españoles, que hasta ese momento se identifica con la monarquía. En cualquier caso, lo que comienza como una revuelta generalizada contra el francés, acaba por adquirir tintes nacionalistas en tanto que ya no se considera al monarca como el propietario del reino, sino que lo es la nación, y la nación, para estos, es mucho más que los meros habitantes.

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