El Imperio bizantino: Justiniano

Mientras la caída del Imperio romano de occidente había dado lugar a una multitud de reinos, en Oriente el poder del emperador se había mantenido, conformando lo que se conocerá como Imperio Bizantino.

Acerca de éste, existe hoy un amplio debate entre los historiadores sobre si este Imperio Bizantino era en realidad la continuación del Imperio romano –el Imperio fundado por Augusto–, o en su caso el Imperio Bizantino se había convertido en un Imperio medieval con rasgos diferentes. Mientras la primera idea es defendida por historiadores como Bury, Günter Weiss, la segunda es seguida por Ostrogorsky, Kazhdan, Cutler, Patlagean.

Pero lo cierto es que el Imperio Bizantino contrastaba con los nuevos reinos occidentales. En primer lugar se mantuvo como un Estado urbano que articulaba un amplio territorio, en donde destacaba la propia capital, Constantinopla –la antigua Bizancio– con medio millón de habitantes. Se encontraban otras urbes como Alejandría, Edesa, Antioquía, Jerusalén, Éfeso, a partir de las cuales se dominaba el territorio y se gobernaba en la manera en que lo había hecho el Imperio romano. Y con esto, la necesidad de un abastecimiento continuado por parte del Estado, que se conseguía gracias a la existencia de pequeños propietarios, asentados en numerosas aldeas, que aprovisionaban al mercado de esta demanda. Y es que el mercado en Oriente aún era enérgico y necesario. Una amplia cantidad de productos se movían a lo largo del Imperio: madera, ganado, oro, especias, sedas, metales, así como esclavos.

De la misma forma, el Imperio mantenía unas instituciones fuertes, a cuya cabeza se encontraba el emperador, que ejercía las competencias fiscales, judiciales y militares, y el griego –el idioma predominante- era el usado por esta administración. Un Imperio, además, cristiano, en donde el patriarca de Constantinopla estaba –o al menos intentaba– a la cabeza de la Iglesia, en un intento de convertirse en algo parecido al papa de Roma, quien estaba surgiendo como cabeza de la Iglesia en Occidente. Aunque en Oriente, el poder religioso de este patriarca chocaba con el poder del emperador, propiciando amplios debates al respecto. A todo esto se le unía la presión de distintas interpretaciones heterodoxas de los dogmas cristianos, entre las que destacaba el arrianismo, ya antiguo y condenado por el concilio de Nicea en el 325. Pero habían aparecido otros como el nestorianismo, el cual negaba a la Virgen la condición de Madre de Dios, así como la redención. También fue condenado en el Concilio de Éfeso del 431. Por otro lado, surgió el monofisismo, que contraponiéndose a la anterior, consideraba una única naturaleza divina en Cristo. A todo ello se le suma la reacción de sedes apostólicas como las de Antioquía y Alejandría, que se negaban a aceptar la preeminencia de Constantinopla.

Desde que Teodosio dividiera el Imperio en el 395, sus sucesores, Arcadio (395-408) y Teodosio II (408-450) intentaron mantener en la institución imperial también el pode religioso, y afianzaron sus poderes en la codificación legal, en donde se contextualiza el código de Teodosio del 438.

De igual manera, se llevo a cabo una política de romanidad, y se intentó evitar la permanencia de bárbaros en el interior del Imperio. La diplomacia había conseguido enviar los flujos migratorios de estos a Occidente. Pero por otra parte, había sido imposible evitar integrar a germanos en el ejército, y el Imperio estaba lleno de jefes militares germanos, en donde destacó el alano Aspar, quien estuvo cercano a los emperadores, consiguiendo que un subordinado suyo, Marciano, casara con la hija de Teodosio II, que permitiría a Marciano convertirse en emperador, y cuando este murió en el 457, Aspar puso en el trono a León I, quien acabaría por asesinarle en el 471. Tres años después León I moría, y le sucedía Zenón –tras un breve reinado de León II– en el 474, y este le sucedió Anastasio (491-518), cuya política estuvo encaminada al alejamiento de Occidente, especialmente cuando en el 482 se dictó el decreto de unidad para alcanzar un dogma entre ortodoxistas y monofisitas –que no contentó a nadie–.

Este último emperador es quien recibió la carta del papa Gelasio I, en la cual esbozaba la tesis de las dos espadas, o lo que es lo mismo, le daba los principios por el que el Papa debía ser la cabeza del poder religioso. Carta, que por otra parte, fomentó la rebelión de las provincias occidentales del Imperio Bizantino, como la protagonizada por Vitaliano en el 515. De hecho, otra de las cosas que no habían cambiado era precisamente eso, los levantamiento de jefes militares, y en el 518 la muerte de Anastasio llevó a lo que podría llamarse un golpe de Estado de la guardia pretoriana, la guardia del palacio, quien puso al frente del Imperio a su jefe, Justino I (518-527), y que asoció al trono a su sobrino Justiniano, cuyo reinado –el de éste último– iría del 527 al 565. Esta será la época dorada del Imperio Bizantino.

Especialmente prospero fue su primera mitad de su reinado, en donde Justiniano, presentado por las fuentes como un gran trabajador que atendía hasta los asuntos más minuciosos del Estado, estuvo rodeado por toda una serie de personajes que le apoyaron: su mujer, Teodora; los generales Narsés y Belisario; el jurista Tirboniano; el prefecto del pretorio, Juan de Capadocia.

El reinado de Justiniano se caracterizará por el intento de mantener la unidad del Imperio y la romanidad, con un emperador fuerte que maneja todos los aspectos del Estado, que es materializado en todo un ceremonial cortesano, que fue tomado por la Iglesia ortodoxa griega. Reflejo, también, de ese poder es el gran palacio imperial que mando construir –conocido por sus restos arqueológicos–, y la iglesia de Santa Sofía – la cual aún puede ser contemplada–.

Justiniano, siguiendo el Concilio de Calcedonia, puso las bases para convertirse en un mediador entre Dios y los hombres, y persiguió los últimos rescoldos del paganismo, cerrando la academia de Atenas, así como a todas las herejías, incluidos los judíos. Aunque lo cierto es que las persecuciones de herejes y judíos fueron inútiles. Los monofisistas siguieron siendo fuertes en Siria y Egipto. Mientras que los maniqueos apoyaron muchas veces al Imperio persa. Y de hecho, estas persecuciones, a la larga, conllevaron una ruptura de la unidad imperial, que se plasmo en un apoyo de estos al poder musulmán –en el futuro–, como una forma de venganza contra la política ortodoxa de los emperadores.

El reflejo de la romanidad se plasmó en una recopilación del derecho –mucho más importante que la realizada por Teodosio II–, en el Corpus Iuris Civilis, el cual estaba conformado por el Código de Justiniano, que recogía los edictos imperiales desde Adriano. Las Novalle, disposiciones del propio Justiniano. El Digesto, que recogió textos de los jurisconsultos romanos. Y los Instituta que recogía los textos de los tres cuerpos anteriores a modo de manual. Recopilaciones necesarias, puesto que a diferencia de los reinos germánicos, Bizancio era un gigante en donde se gobernaba por medio de un amplio aparato administrativo, aunque siempre con la debilidad que conllevaba un territorio tan amplio. El principal problema siempre fue la recaudación de impuestos que pudieran sostener todo el aparato del Estado. Por otra parte, esta gran maquinaria estatal intentaba separar los poderes civiles y militares, aunque en ocasiones ello fue imposible, con familias que tomaron un poder que hizo en ocasiones tambalear al Imperio.

En una política de tradición y romanidad, Justiniano tenía que restaurar la unidad del Imperio romano. Con un Imperio prospero, Justiniano consideraba que los reinos germanos eran meras estructuras frágiles, con una población mayoritariamente romana, que deberían acoger con alegría la reconstrucción de la unidad romana. En el 532 se inició el proceso de “reconquista”, después de que asegurara la paz con los persas.

Contaría con los generales Belisario y Narsés, quienes en cuestión de unos meses recuperaron el norte de África, acabando con el reino vándalo en el 534. Al año siguiente se intervino en Italia, poniendo como excusa un pleito sucesorio en el reino ostrogodo. Y aunque lograron su objetivo, apoyado por gran parte de la población, los treinta años siguientes se produjo la Guerra Gótica con los ostrogodos –que resistían al norte de Italia–, gobernados por Totila. En el 554 se intervino en Hispania, aprovechando de nuevo una crisis de sucesión entre los visigodos, ocupando las Baleares y una larga franja entre las desembocaduras del Guadalquivir y el Júcar.

Ésta fue la mayor extensión de terreno que se logro recuperar, con un carácter provisional, y en inestabilidad continua. Los bereberes amenazaban África. En Hispania, los sucesivos monarcas visigodos acabaron por expulsar a los bizantinos. En Italia, en el norte, se mantenía la Guerra Gótica, a lo que finalmente se le uniría la presión lombarda. En oriente se reactivaba la amenaza Persa, y hasta las mismas puertas de Constantinopla llegaban nuevos pueblos bárbaros como búlgaros, eslavos y ávaros. Todo ello, y la muerte de Justiniano en el 565, acabó con el sueño de recuperar el Imperio romano. Justiniano, fue por así decirlo, el último emperador romano.

La conquista tan solo llevo a un debilitamiento del Imperio bizantino, con un amplio gasto militar que no obtenía bonificación alguna. Ello aumentó la presión fiscal, y el consiguiente empobrecimiento de los pequeños propietarios, en las zonas rurales, que eran dejadas de lado, frente a una política urbana. Al mismo tiempo que muchos campesinos buscaban la protección de grandes terratenientes, en un proceso similar al ocurrido en el occidente romano.

Los sucesores de Justiniano, hasta el 610, con el acceso al trono de una nueva dinastía comenzada por Heraclio, mantuvieron una la política de autocracia imperial y de romanidad –no era algo novedoso–, pero olvidándose del oeste europeo, puesto que era preferible ocuparse de los problemas internos del propio Imperio, así como la defensa de éste frente al exterior.

Ávaros, eslavos y persas presionaban las fronteras imperiales. Los primeros, procedentes de las estepas, solicitaron en el 558 asentarse en tierras del Imperio, los cuales fueron establecidos en las riberas del Danubio, aunque en los siguientes años se movieron hasta la llanura de Panonia, expulsando a los lombardos de aquella zona. Estos, a su vez, penetraron finalmente en Italia, y con ello las posesiones bizantinas de la península itálica fueron perdidas a partir del 568. Los eslavos, hasta entonces por la zona de Polonia, se movieron al sur después de que los Ávaros también lo hicieran. Pese a la resistencia bizantina, fueron cruzando el Danubio, llegando hasta Macedonia, donde se dedicaron a la piratería. Con el tiempo experimentaron una aculturación con la cultura griega, llegando a formar un área de civilización específica conocido como Esklavinia.

En Oriente, los Persas hacía mucho tiempo que eran un peligro, y eran mantenidos a raya gracias a los tributos que se pagaban, los cuales dejó de pagar Justiniano cuando su poder fue lo suficientemente fuerte. Se intento que los Estados tapones entre ambos Imperios, el bizantino y el persa, estuvieran controlados por el primero, en especial Armenia, que estaría dominado por Bizancio entre los años 572 y 591. Pero la frontera siempre era peligrosa, y se necesitaban un número mayor de efectivos militares, muchas veces mercenarios. Pero ello llevaba el descontento de la población y la aparición de poderes militares cada vez mayores. Así los emperadores Tiberio (578-582), Mauricio (582-612) y Focas (602-610) fueron ante todo militares que encabezaban facciones en constante lucha, y que acabaron con la política de división de la función civil y militar. En las zonas de fronteras se crearon los exarcados de Rávena y Cartago en donde el poder civil y militar era ostentado por el exarca. Y lo mismo en fortalezas del mar Rojo y alto Éufrates.

Volvían a resurgir –si es que alguna vez dejo de existir– grandes poderes en las provincias, con cuyas tropas podían quitar y poner emperadores. Precisamente fue el exarca de Cartago quien se presentó en Constantinopla con una flota, derrocando a Focas, y dando el trono a su propio hijo Heraclio quien gobernaría del 610 al 641. La nueva dinastía tendrá que hacer frente a un nuevo poder naciente, el Islam, y a una crisis institucional.