El reino visigodo

A partir del siglo IV d.C., Roma tuvo que hacer frente a las invasiones de los pueblos germánicos que pretendían entrar por el Rin y el Danubio, ambas fronteras del imperio. En el año 406 habían penetrado vándalos, suevos y alanos en la Galia, que acabaron llegando en el 409 a la Península, en donde saquearon las ciudades a su paso. En el 418, de acuerdo a un foedus, fueron asentados entre el sur de la Galia y el norte de Hispania los visigodos, que habían entrado tiempo atrás (en el 376 d.C.) por el Danubio, con la misión proteger Hispania del resto de pueblos.

Cuando en el 476 d.C. desaparece el Imperio romano de Occidente, los visigodos fueron libres de apoderarse del territorio, creando un primer reino en torno a Toulouse; pero la derrota frente a los francos en Vouillé en el 507 hizo que los visigodos se trasladaran al interior de la Península, asentándose entre el Duero y el Tajo, y fijando la capital en Toledo. Así pues, el control del territorio, más allá del centro peninsular, se limitaba al cobro de impuestos.

El reino visigido

En un primer momento, los visigodos no dominaban el total de la península. Los suevos habían formado un reino entre Galicia y norte del actual Portugal. Al sur, las costas estaban dominadas por el Imperio Bizantino. Y en la cordillera Cantábrica, los ya de por si mal romanizados pueblos astures, cántabros y vascones eran reacios al nuevo poder, como ya lo habían sido en el pasado. Fue a finales del siglo VII cuando el reino visigodo controló toda la Península, en especial gracias a la victoria de Leovigildo sobre los suevos.

Socialmente, los visigodos, que apenas eran unos 100.000, e hispanorromanos, la gran mayoría, componían dos grupos sociales distintos. No obstante, las diferencias fueron desapareciendo: Leovigildo eliminó la prohibición de matrimonios mixtos; en el 589, Recaredo se convirtió al catolicismo, que lo profesaba la mayoría de la población; Recesvinto, por su parte, realizo el Liber iudiciorum o fuero juzgo en el 654 estableciendo un mismo derecho para todos. En cualquier caso, existía una gran brecha cada vez mayor entre humildes y potentados, la población se ruralizó cada vez más y las ciudades perdieron población o desaparecieron. La población se trasladó a las grandes villas (en donde ya no quedaban esclavos para trabajarlas) en busca de trabajo y protección, ante un comercio que desaparecía y, por tanto, la disminución de la artesanía, que era el principal sustento de las ciudades. Solo los municipios con obispados, además de Toledo, se mantuvieron: Córdoba, Tarragona, Sevilla, Mérida, Zaragoza.

Políticamente, la monarquía visigoda era electiva. Se encargaba de la elección del nuevo monarca los principales miembros de la nobleza, que conformaban el Aula Regia (que además aconsejaba al rey), en donde se encontraba también el Officium Palatinum, es decir, los principales cargos de palacio. En cualquier caso, el poder del monarca, que en principio había sustituido al poder público de los emperadores romanos, era muy débil. El poder se ejercía en función de los lazos de parentesco, la fidelidad de la nobleza y las clientelas que los monarcas o nobles tuvieran, por lo que se daba una privatización del poder. De hecho, los duques y condes, elegidos para ejercer el gobierno de las antiguas provincias romanas en Hispania y de las ciudades, en muchas ocasiones actuaban por cuenta propia. Sea como fuere, tomó gran importante, desde la conversión de los visigodos al catolicismo, los Concilios de Toledo, en donde participaban tanto clérigos como nobles. Allí se tomaban importantes decisiones para el reino.

La lucha entre los monarcas, que pretendían elevar su autoridad e incluso convertir la monarquía en hereditaria, y la nobleza llevó a continuas deposiciones y asesinato de reyes. Esta situación provocó una guerra civil en el 710 entre don Rodrigo, elegido rey por una parte de la nobleza, y Agila, hijo de difunto rey Witiza, que pretendía el trono. El bando de este último solicitó ayuda a las tribus bereberes del norte de África, que se habían convertido al Islam. Una vez en la península, se apoderaron del reino.

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